sábado, 31 de enero de 2009

Compromiso, Evangelización y Ejemplo


Desearíamos proponerles fraternalmente algunos puntos de reflexión sobre nuestro compromiso de anunciar el Evangelio, a la luz de la tradición franciscana y de los últimos documentos de la Iglesia.

Desde la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, del 8 de diciembre de 1975, a la Christifideles Laici, del 30 de diciembre de 1989, y la Redemptoris Missio, del 7 de diciembre de 1990, la Iglesia católica está dedicando lo mejor de sí misma, de su investigación y de sus energías, a la misión de «anunciar el Evangelio» a una Iglesia y a una sociedad afectas de indiferentismo, secularismo, ateísmo práctico, difusión de nuevas sectas.33 La «pérdida del sentido de Dios» amenaza la fe cristiana que «se tiende a erradicar de los momentos más significativos de la existencia, como el nacimiento, el sufrimiento y la muerte».34

Sabemos que, con frecuencia, en nuestro tiempo la verdad y la vida católica han de enfrentarse con los «nuevos desafíos» que presentan las «nuevas pobrezas», las «nuevas marginaciones», y, a otro nivel, las «nuevas verdades» y las «nuevas salvaciones», los «nuevos ídolos» y los «nuevos paraísos».

1. Siguiendo las huellas de Antonio

Ante nosotros se abre un período que nos interroga y nos obliga a redescubrir qué sentido tiene la celebración del Octavo Centenario del nacimiento de un hermano nuestro a quien la Iglesia venera con el título de «Doctor Evangélico», el más asombroso y fascinante que pueda dársele a un franciscano: un título asombroso, porque Antonio era hijo espiritual de un Francisco que se autoproclamaba «indocto y siervo»; y un título fascinante, porque el Evangelio era, y es, la forma y vida de todos los franciscanos.

¿Qué es lo que los franciscanos, y cuantos se relacionan seriamente con el franciscanismo, estamos llamados a vivir en nuestra Iglesia actual, comprometida con una nueva evangelización? A la luz del ejemplo y de la doctrina de Antonio les proponemos los tres siguientes puntos de reflexión.

2. Evangelizados para evangelizar

La evangelización nace como fruto de la gracia de haber sido evangelizados. El esquema «elegidos y enviados» es el esquema universal de la historia de la salvación.35 Pues la evangelización, por ser «la misión esencial de la Iglesia»,36 es igualmente expresión de ese sacramento radical que es la misma Iglesia, en cuanto cuerpo de Cristo.

El evangelizador, enseña Antonio, es un contemplador gozoso de Dios, un testigo de la «vida angélica» y de la «ciencia madura».37 La Evangelii Nuntiandi recuerda que los «religiosos encuentran en la vida consagrada un medio privilegiado para una evangelización eficaz».38

En una Iglesia «sedienta de absoluto», los religiosos son los testigos privilegiados del espíritu de las bienaventuranzas y de la disponibilidad.

Nuestra «predicación elocuente» radica en ser testigos silenciosos «de la pobreza y el desapego, de la pureza y la transparencia, de la entrega a la obediencia».39

Llevamos en la sangre la tradición de la predicación del buen ejemplo. El recuerdo de la evangelización antoniana es una invitación austera a una relectura de nuestra vida franciscana.

Como sabemos muy bien, nuestra vida debe ser «observancia del santo Evangelio», más aún, «la vida del Evangelio», como dice la Regla no bulada.

Como sabemos también, el franciscanismo ha sido provocación y locura, y lo ha sido no por nostalgia de un evangelismo radical cuanto por deseo y empeño de encarnar el «escándalo de la cruz» y de las bienaventuranzas en las diferentes culturas y en las diversas formas de religiosidad.

Somos conscientes, así mismo, de la novedad de la pobreza, de la castidad y de la obediencia franciscanas, que siempre han sido algo muy distinto de la ingenuidad simplona y de la populachería desaliñada y trivial.

3. De la contemplación a la acción

Existe un esquema de evangelización típico del franciscanismo: consiste en «exire de saeculo» (salir del siglo, del mundo) para, a continuación, «ire per mundum» (ir por el mundo). El esquema antoniano es idéntico: en la biografía de Antonio se subrayan con insistencia palabras cargadas de significado simbólico como: «abandonadas las cosas mundanas, se retiró a lugares aptos para el silencio», la oración, la devoción, la soledad, la lectura de los libros sagrados, la meditación, el reposo amigo de la contemplación.40 Luego «iba por el mundo» y una «multitud incontable» lo esperaba, lo escuchaba, se convertía. El esquema: «Los labios cerrados durante mucho tiempo se abren para anunciar la gloria de Dios» concluye con la frase: «mereciendo el nombre de evangelista por la importancia de las obras realizadas.»41

Tal vez pueda afirmarse que en la tradición franciscana la contemplación no es medio para llegar a una fuente, ni siquiera un hábito interior: es un modo de ser. Francisco no era «un orante», sino un hombre hecho oración («oratio factus»); no era un teólogo, sino un «hombre teologal»; no era un hombre que se desnuda, sino «un hombre desnudo»; no era un imitador, sino un hombre «identificado» con su modelo. Antonio expresa con una imagen gráfica en qué consiste para un franciscano ser no sólo un contemplativo, sino un hombre- contemplación. Como el águila, el hombre justo, mediante la agudeza de la contemplación, puede fijar la mirada en el esplendor del verdadero sol.42 La verdad divina sólo puede comprenderse y anunciarse gracias a la plenitud de la inspiración interior.43

De aquí brota la justicia de los «verdaderos penitentes, que consiste en el espíritu de pobreza, en el amor fraterno, en el llanto del arrepentimiento, en la mortificación corporal, en la dulzura de la contemplación, en el desprecio de la prosperidad terrena, en la aceptación amorosa de las adversidades, en el propósito de perseverar hasta el fin».44

La contemplación antoniana es distinta de la contemplación que procura adquirir «material» para la evangelización (comunicar a los otros lo que se ha contemplado: «contemplata aliis tradere»). Para Antonio, la contemplación consiste en una adhesión a Dios («adhaesio Deo») que desnuda al evangelizador y lo purifica de tal manera que la palabra de Dios pasa a través de él sin contaminarse y puede, así, llegar en toda su pureza e integridad al corazón de los hombres.

Los evangelizadores deben estar siempre preparados para escuchar «con los oídos del corazón la voz de Aquel que ordena salir del secreto de la contemplación para ir a realizar las obras necesarias».45 Dios es quien guía a los predicadores y quien les proporciona su palabra. La palabra de Dios es la única capaz de hacer «lo que quiere, donde quiere, cuando quiere».46

Más que una fuente de conocimiento y un modo de «ver a Dios», la contemplación antoniana es sobre todo una realidad ética, un modo de vida, la disponibilidad radical de la propia existencia.

Como se sabe, Antonio era llamado «martillo infatigable de los herejes»; con todo, resulta hasta casi conmovedor el hecho de que Antonio se dedicara a esta extraordinaria actividad evangelizadora «obligado» por la obediencia. Antonio es «un amante del desierto»47 que se ve obligado a salir del eremitorio y presentarse en público, donde anuncia «la gloria de Dios» de manera tan asombrosa y nueva que «merece el nombre de evangelista por la importancia de las obras realizadas».48

Conocemos la importancia y las múltiples formas de nuestra acción como predicadores, investigadores, misioneros, testigos de la solidaridad.

Como se sabe, es alto el precio que el franciscanismo ha pagado y sigue pagando por estos ideales, son muchas las vidas que se han gastado, en el pasado, y se consumen cada día entregadas a estas tareas. Las figuras más hermosas del franciscanismo contemporáneo nos lo recuerdan con gozosa obstinación. Maximiliano Kolbe, Leopoldo Mandic, Ludovico de Casoria nos repiten con fuerza que la dimensión contemplativa es un elemento esencial del testimonio franciscano. Al mismo tiempo, nos recuerdan la necesidad del estudio de la teología, es decir, la profundización crítica de las ideas, sin dejarse arrastrar por las «modas» teológicas.

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