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sábado, 31 de enero de 2009

San Antonio, fermento de caridad a los pobres


La predicación de san Antonio se caracteriza, desde el punto de vista franciscano, por su compromiso «popular», por su atención preferencial a la gente sencilla, a los «minores», a los pobres. Antonio, aun siendo un docto teólogo, se siente enviado a llevar, en pos de Cristo, «la Buena Noticia a los pobres», anunciándoles el Evangelio como mensaje de liberación y de promoción humanas.

Baste recordar, a este respecto, su severa y vigorosa predicación contra la usura, contra el egoísmo de los ricos, contra la violencia del poder político, la explotación de los trabajadores, la opresión de los pobres.54

Antonio, el «dulce consolador de los pobres», prosigue actualmente su obra en las iniciativas asistenciales que llevan su nombre. Recordemos «el pan de los pobres», surgido milagrosamente poco después de su muerte, así como las innumerables obras caritativas, educativas y de promoción social que se llevan a cabo bajo el patronazgo del Santo de Padua.

Nuestro léxico religioso habla de «nuevos pobres» y de «nuevas formas de pobreza». Los franciscanos, en recuerdo de Antonio y siguiendo su enseñanza, no debemos contentarnos con tener presente nuestro pasado, ni limitarnos a pensar en lo que estamos haciendo; también queremos, además, dar sentido a nuestros proyectos. Tal vez debamos redescubrir a los pobres. Para nosotros, los pobres no son sólo un problema social, de desigualdad económica o de marginación; son ciertamente todo esto, pero son, sobre todo, un problema que interpela nuestra vocación. Hay un modo franciscano y antoniano de situarnos ante los pobres: el del pobre por opción y voluntad de compartir, capaz de dar esperanza.

Estilo del anuncio evangélico de san Antonio

El título de «Doctor Evangélico» con que el culto litúrgico venera a san Antonio, la devoción popular lo expresa con palabras más sencillas y quizá más transparentes: «Antonio sabía decir las palabras del Evangelio.»55

Las biografías y sermones del siglo XIII enaltecen a Antonio «por su luminosa doctrina y por su profunda bondad, por su solicitud pastoral y por el celo infatigable con que se entregaba a llevar por todas partes la paz».56 San Antonio mismo expresa su dedicación a la evangelización de los pobres, diciendo: «Sólo los pobres, es decir los humildes, son evangelizados.» Y prosigue, casi como con un grito de sufrimiento y de esperanza: «Hoy en día los pobres, los sencillos, los iletrados, la gente del pueblo, las viejecitas, tienen sed de la palabra de vida, del agua de la sabiduría de la salvación… Sólo los pobres son evangelizados… Los verdaderos pobres no se escandalizan, porque sólo ellos son evangelizados, es decir, alimentados con la palabra del Evangelio, pues ellos son el pueblo del Señor y las ovejas de su rebaño.»57

Teniendo en cuenta este espléndido mensaje antoniano, los franciscanos hemos procurado que nuestra predicación, nuestro estudio, nuestra investigación científica, nuestra presencia (nada marginal) en el mundo editorial, nuestra actividad misionera, mantuvieran la misma atención a los pobres que caracterizaba la evangelización de san Antonio.

Como Antonio, debemos acercarnos a la palabra de Dios no por curiosidad científica, ni por orgullo intelectual o por instinto de dominio cultural, sino, sobre todo y primeramente, para acogerla como manantial de meditación fecunda, como llamada a la conversión diaria, como punto de referencia constante de la predicación, como estímulo de vida evangélica, en comunión fraterna con el nombre y la naturaleza.

Evangelizar a los pobres



La celebración del Octavo Centenario del nacimiento de san Antonio nos induce, por su propia lógica, a exponer una breve reflexión sobre la evangelización de la piedad popular.

Todos conocemos la inmensa «popularidad» de san Antonio, la difusión de su culto, su presencia en las iglesias, en las familias, en lugares públicos, en revistas y publicaciones, en la iconografía piadosa, las peregrinaciones en su honor. En efecto, la devoción antoniana, dada su continuidad en el tiempo, su amplísima difusión y su incidencia en la vida, es una de las expresiones más significativas de la piedad popular.

El franciscanismo radical de Antonio se manifiesta en su opción por la minoridad, que lo acercaba al pueblo; en su elección de una predicación popular fundamentada en un estudio profundo de la teología; en su valoración del pueblo como lugar privilegiado de la salvación; en su entrega y atención al pueblo, que prefiere las obras a las palabras, el testimonio a las explicaciones.49

El hecho de que Antonio sea aclamado con el título de Doctor Evangélico y, a la vez, se le proclame «dulce consolador de los pobres»,50 es signo de un mensaje de gracia.

Antonio nos invita a leer la religiosidad popular como una experiencia religiosa que necesita ser purificada a la luz de la religiosidad pura; y, al mismo tiempo, nos invita a reexaminar la experiencia religiosa pura a la luz de la religiosidad popular.

En la exhortación Evangelii Nuntiandi se habla de la religiosidad popular como del ámbito donde el pueblo expresa su búsqueda de Dios, su fe, su sed de Dios, su capacidad de generosidad y de sacrificio, su comprensión de los atributos profundos de Dios (paternidad, providencia, presencia amorosa y constante).51 Es una piedad que no posee la exactitud lexicológica de la piedad docta, pero tampoco tiene la tentación de atribuir más valor e importancia a las palabras que a las obras, al saber que a la celebración.

Si leemos atentamente «los milagros» realizados por intercesión de Antonio (el de la mula hambrienta, el de la predicación a los peces, el del corazón del avaro, el del pie unido de nuevo, y muchos otros que nos recuerda su hagiografía), podemos entenderlo como expresión popular de la predicación antoniana.

No hay duda de que la religiosidad popular necesita una purificación de sus puntos de referencia, que pueden manifestar deformaciones del cristianismo y hasta supersticiones, ambigüedades, pesimismo exagerado y utilización interesada de Dios. Pero, siguiendo a Antonio, también podemos preguntarnos si nuestra piedad no debe ser más popular, a fin de expresar mejor nuestra minoridad, que no se limita, ni mucho menos, a la atención a los últimos.

Compromiso, Evangelización y Ejemplo


Desearíamos proponerles fraternalmente algunos puntos de reflexión sobre nuestro compromiso de anunciar el Evangelio, a la luz de la tradición franciscana y de los últimos documentos de la Iglesia.

Desde la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, del 8 de diciembre de 1975, a la Christifideles Laici, del 30 de diciembre de 1989, y la Redemptoris Missio, del 7 de diciembre de 1990, la Iglesia católica está dedicando lo mejor de sí misma, de su investigación y de sus energías, a la misión de «anunciar el Evangelio» a una Iglesia y a una sociedad afectas de indiferentismo, secularismo, ateísmo práctico, difusión de nuevas sectas.33 La «pérdida del sentido de Dios» amenaza la fe cristiana que «se tiende a erradicar de los momentos más significativos de la existencia, como el nacimiento, el sufrimiento y la muerte».34

Sabemos que, con frecuencia, en nuestro tiempo la verdad y la vida católica han de enfrentarse con los «nuevos desafíos» que presentan las «nuevas pobrezas», las «nuevas marginaciones», y, a otro nivel, las «nuevas verdades» y las «nuevas salvaciones», los «nuevos ídolos» y los «nuevos paraísos».

1. Siguiendo las huellas de Antonio

Ante nosotros se abre un período que nos interroga y nos obliga a redescubrir qué sentido tiene la celebración del Octavo Centenario del nacimiento de un hermano nuestro a quien la Iglesia venera con el título de «Doctor Evangélico», el más asombroso y fascinante que pueda dársele a un franciscano: un título asombroso, porque Antonio era hijo espiritual de un Francisco que se autoproclamaba «indocto y siervo»; y un título fascinante, porque el Evangelio era, y es, la forma y vida de todos los franciscanos.

¿Qué es lo que los franciscanos, y cuantos se relacionan seriamente con el franciscanismo, estamos llamados a vivir en nuestra Iglesia actual, comprometida con una nueva evangelización? A la luz del ejemplo y de la doctrina de Antonio les proponemos los tres siguientes puntos de reflexión.

2. Evangelizados para evangelizar

La evangelización nace como fruto de la gracia de haber sido evangelizados. El esquema «elegidos y enviados» es el esquema universal de la historia de la salvación.35 Pues la evangelización, por ser «la misión esencial de la Iglesia»,36 es igualmente expresión de ese sacramento radical que es la misma Iglesia, en cuanto cuerpo de Cristo.

El evangelizador, enseña Antonio, es un contemplador gozoso de Dios, un testigo de la «vida angélica» y de la «ciencia madura».37 La Evangelii Nuntiandi recuerda que los «religiosos encuentran en la vida consagrada un medio privilegiado para una evangelización eficaz».38

En una Iglesia «sedienta de absoluto», los religiosos son los testigos privilegiados del espíritu de las bienaventuranzas y de la disponibilidad.

Nuestra «predicación elocuente» radica en ser testigos silenciosos «de la pobreza y el desapego, de la pureza y la transparencia, de la entrega a la obediencia».39

Llevamos en la sangre la tradición de la predicación del buen ejemplo. El recuerdo de la evangelización antoniana es una invitación austera a una relectura de nuestra vida franciscana.

Como sabemos muy bien, nuestra vida debe ser «observancia del santo Evangelio», más aún, «la vida del Evangelio», como dice la Regla no bulada.

Como sabemos también, el franciscanismo ha sido provocación y locura, y lo ha sido no por nostalgia de un evangelismo radical cuanto por deseo y empeño de encarnar el «escándalo de la cruz» y de las bienaventuranzas en las diferentes culturas y en las diversas formas de religiosidad.

Somos conscientes, así mismo, de la novedad de la pobreza, de la castidad y de la obediencia franciscanas, que siempre han sido algo muy distinto de la ingenuidad simplona y de la populachería desaliñada y trivial.

3. De la contemplación a la acción

Existe un esquema de evangelización típico del franciscanismo: consiste en «exire de saeculo» (salir del siglo, del mundo) para, a continuación, «ire per mundum» (ir por el mundo). El esquema antoniano es idéntico: en la biografía de Antonio se subrayan con insistencia palabras cargadas de significado simbólico como: «abandonadas las cosas mundanas, se retiró a lugares aptos para el silencio», la oración, la devoción, la soledad, la lectura de los libros sagrados, la meditación, el reposo amigo de la contemplación.40 Luego «iba por el mundo» y una «multitud incontable» lo esperaba, lo escuchaba, se convertía. El esquema: «Los labios cerrados durante mucho tiempo se abren para anunciar la gloria de Dios» concluye con la frase: «mereciendo el nombre de evangelista por la importancia de las obras realizadas.»41

Tal vez pueda afirmarse que en la tradición franciscana la contemplación no es medio para llegar a una fuente, ni siquiera un hábito interior: es un modo de ser. Francisco no era «un orante», sino un hombre hecho oración («oratio factus»); no era un teólogo, sino un «hombre teologal»; no era un hombre que se desnuda, sino «un hombre desnudo»; no era un imitador, sino un hombre «identificado» con su modelo. Antonio expresa con una imagen gráfica en qué consiste para un franciscano ser no sólo un contemplativo, sino un hombre- contemplación. Como el águila, el hombre justo, mediante la agudeza de la contemplación, puede fijar la mirada en el esplendor del verdadero sol.42 La verdad divina sólo puede comprenderse y anunciarse gracias a la plenitud de la inspiración interior.43

De aquí brota la justicia de los «verdaderos penitentes, que consiste en el espíritu de pobreza, en el amor fraterno, en el llanto del arrepentimiento, en la mortificación corporal, en la dulzura de la contemplación, en el desprecio de la prosperidad terrena, en la aceptación amorosa de las adversidades, en el propósito de perseverar hasta el fin».44

La contemplación antoniana es distinta de la contemplación que procura adquirir «material» para la evangelización (comunicar a los otros lo que se ha contemplado: «contemplata aliis tradere»). Para Antonio, la contemplación consiste en una adhesión a Dios («adhaesio Deo») que desnuda al evangelizador y lo purifica de tal manera que la palabra de Dios pasa a través de él sin contaminarse y puede, así, llegar en toda su pureza e integridad al corazón de los hombres.

Los evangelizadores deben estar siempre preparados para escuchar «con los oídos del corazón la voz de Aquel que ordena salir del secreto de la contemplación para ir a realizar las obras necesarias».45 Dios es quien guía a los predicadores y quien les proporciona su palabra. La palabra de Dios es la única capaz de hacer «lo que quiere, donde quiere, cuando quiere».46

Más que una fuente de conocimiento y un modo de «ver a Dios», la contemplación antoniana es sobre todo una realidad ética, un modo de vida, la disponibilidad radical de la propia existencia.

Como se sabe, Antonio era llamado «martillo infatigable de los herejes»; con todo, resulta hasta casi conmovedor el hecho de que Antonio se dedicara a esta extraordinaria actividad evangelizadora «obligado» por la obediencia. Antonio es «un amante del desierto»47 que se ve obligado a salir del eremitorio y presentarse en público, donde anuncia «la gloria de Dios» de manera tan asombrosa y nueva que «merece el nombre de evangelista por la importancia de las obras realizadas».48

Conocemos la importancia y las múltiples formas de nuestra acción como predicadores, investigadores, misioneros, testigos de la solidaridad.

Como se sabe, es alto el precio que el franciscanismo ha pagado y sigue pagando por estos ideales, son muchas las vidas que se han gastado, en el pasado, y se consumen cada día entregadas a estas tareas. Las figuras más hermosas del franciscanismo contemporáneo nos lo recuerdan con gozosa obstinación. Maximiliano Kolbe, Leopoldo Mandic, Ludovico de Casoria nos repiten con fuerza que la dimensión contemplativa es un elemento esencial del testimonio franciscano. Al mismo tiempo, nos recuerdan la necesidad del estudio de la teología, es decir, la profundización crítica de las ideas, sin dejarse arrastrar por las «modas» teológicas.

San Antonio y su Amor a la Iglesia


Para Antonio, el amor a la Iglesia fue pasión y sufrimiento, juicio y opción por una actitud filial que renacía con más fuerza cada día, a pesar de la experiencia de una realidad eclesial que lo estremecía. Era inútil fingir; y, de hecho, Antonio no cedió a silencios ingenuos, cómplices o interesados. La sublime reforma querida y propuesta por el Concilio IV de Letrán corría el riesgo de quedarse en un ideal irrealizado. Los compromisos de la vida eran todavía demasiado fuertes. Antonio habla de su Iglesia con la pasión, la libertad y la esperanza del profeta.

A su Iglesia, santa pero siempre necesitada de conversión, Antonio le dirige una serie de llamadas, recordándole que es «el cuerpo místico de Cristo», «totum Christi corpus»16 (el cuerpo total de Cristo), «la mujer vestida de sol» que engendra, «del agua y del Espíritu Santo», a una multitud de hijos,17 «la casa del pan, es decir, de Cristo», «la ciudad de Dios», «el campo de Dios».18

Pues bien, precisamente esta Iglesia, precisamente este cuerpo místico de Cristo está «crucificado y muerto». En este cuerpo místico unos son la cabeza, otros las manos, otros los pies, o el tronco. La cabeza la constituyen los contemplativos; las manos, los activos; los pies, los predicadores santos; el tronco, los auténticos cristianos. Y todos ellos son crucificados diariamente por el demonio, cada día se les da a beber vinagre y se les persigue.19

El clero calla y se enriquece, se mancha con la simonía y el concubinato, prefiere los vestidos lujosos a las virtudes, el poder al servicio.

Hay «falsos religiosos» saciados de alabanzas humanas, divididos entre ellos, pobres en frutos espirituales: «Altercados en los capítulos, abandono del coro, murmuraciones en el convento, abundancia en el refectorio, comodidad en el lecho.»20

Los fieles están enfermos de lujuria, avaricia, usura, violencia, abuso de poder.21

Y, sin embargo, la Iglesia sigue siendo la «tierra buena» donde cae la palabra de Dios y produce más o menos fruto, en una gradación que adolece de los esquemas eclesiológicos de la época. Los que producen el treinta por uno son «los esposos fieles, siempre preocupados por convertirse, que distribuyen sus bienes entre los pobres, que no ofenden a nadie»; el sesenta por uno lo producen los religiosos de vida activa «que son verdaderamente hombres, es decir, que usan su razón. Se someten a los trabajos de la vida activa, se exponen a los peligros por amor al prójimo, predican la vida eterna con la palabra y con el ejemplo, se vigilan a ellos mismos y vigilan a sus súbditos»; el ciento por uno lo producen «las vírgenes y los contemplativos, quienes, gracias a sus virtudes, son elevados a las alturas y contemplan el esplendor del rey. Éstos son elevados, no en su cuerpo pero sí espiritualmente, en la contemplación hasta el tercer cielo, donde contemplan la gloria de la Trinidad y escuchan con los oídos del corazón lo que no pueden expresar con palabras ni comprender con la mente».22

Con su teología, Antonio comprende a la Iglesia de manera diversa a como la entiende Francisco; capta su misterio, conoce su historia.

Frases de San Antonio de Padua


“¡Qué grande es la vanagloria de creerse que pueda el hombre hacerse Dios! ¡Desgraciado! Por haber querido vanamante divinizarte te has rebajado hasta infrahumanizarte. (San Antonio de Padua)

“¡Oh bondad de Dios! ¡Oh dignidad del penitente! Aquel que habita en la eternidad habita en el corazón del humilde y en el espíritu del penitente!” (San Antonio de Padua)

“Me confieso con un hombre, pero no como a un hombre, sino como a Dios.” (San Antonio de Padua)

“David tiró por tierra a Goliat con la honda y una piedra; así Cristo con la honda de la humanidad y la piedra de la Pasión venció al diablo.” (San Antonio de Padua)

“Casa de Dios llaman también a la confesión por la reconciliación del pecador. En ella se reconcilia el hombre con Dios, como se reconcilia el hijo con el padre cuando éste le recibe en la casa paterna.” (San Antonio de Padua)

“Si en la casa de la confesión se hace oír la sinfonía del canto y de la compunción amarga, responde inmediatamente al unísono el coro de la divina misericordia para perdonar los pecados.” (San Antonio de Padua)

“Roguemos al mismo Jesucristo, Hijo de Dios, y pidámosle insistentemente nos conceda llegar con espíritu contrito al desierto de la confesión y merezcamos recibir esta cuaresma, el perdón de nuestras iniquidades.” (San Antonio de Padua)

“Tan pobre como es la mesa que carece de pan, así la vida más ejemplar resulta vacía si le falta amor.” (San Antonio de Padua)

“Hijo mío, si te pones al servicio del Señor, prepara tu alma para la tentación.” (San Antonio de Padua)

“No es el juicio de los hombres que nos manifestará lo que somos. Los hombres se engañan y se dejan engañar; llaman al mal, bien y al bien, mal. Cada uno vale lo que vale delante de Dios y nada más.” (San Antonio de Padua)

“La puerta del cielo es baja, y quien quiere entrar debe necesariamente inclinarse. Nos lo enseñó el propio Jesús, quien al morir, inclinó la cabeza.” (San Antonio de Padua)

“Cuando el hombre espiritual se siente agobiado por la tentación, por alguna terrible sugestión diabólica, levántese pronto para la lucha y eleve su mente a las cosas celestiales.” (San Antonio de Padua)

“Quien hace ostentación de los propios dotes y de sus buenas acciones, comete una especia de idolatría, que es el más grande de los pecados, porque llega a negar la gracia de Dios, se atribuye lo que únicamente es don de Dios.” (San Antonio de Padua)

“Sólo en caso de necesidad y después de habernos corregido a nosotros mismos, se puede reprender a los demás.” (San Antonio de Padua)

“Preferid más ser amados que temidos. El amor dulcifica lo amargo y aligera el peso insoportable. El temor, al contrario, nos hace intolerables hasta las cosas más insignificantes.” (San Antonio de Padua)

“La avaricia roba, hiere y chupa la sangre. ¡Maldito el avaro! Poseído por la codicia del dinero, esa plata miserable que encierra el genio del mal, el avaro husmea doquiera el olor de la ganancia, oprime al pobre y desangra al desgraciado. No tiene corazón en el pecho. No ve la angustia de las lágrimas. No siente piedad. Sus manos chorrean sangre: sangre de los pobres, viudas y huérfanos. Sus vestidos están tejidos de robos y rapiñas. Su opulencia es su condenación. Aplastad al ladrón infame bajo las piedras de la maldición.” (San Antonio de Padua)

“Espinas son las riquezas. Y cuando pinchan hacen brotar la sangre. Bestias feroces son los pérfidos usureros, que roban y devoran. Raza maldita, se han desarrollado y esparcido por todas partes. No respetan ni al Señor ni a los hombres. A veces tienen la osadía e hipocresía de dar limosna que chorrea sangre de pobres.” (San Antonio de Padua)

“El que posee bienes, que utilice lo necesario para comer y vestir, el resto entréguelo al hermano necesitado, por el que Cristo murió. Si no da, si hace el tacaño ante la necesidad del pobre, peca mortalmente, no está en él la gracia de Dios, ya que si la tuviese, sería generoso con el hermano.” (San Antonio de Padua)

“¡Ay de los que tienen la despensa y los graneros repletos y el ropero bien provisto, mientras los pobres de Cristo, hambrientos y desnudos, gritan desconsolados ante sus puertas, no obteniendo más que algunas migajas de lo sobrante!” (San Antonio de Padua)

“La naturaleza nos engendra pobres: desnudos nacemos y desnudos morimos. La malicia humana ha creado a los ricos y el que quiere serlo cae en la red tendida por el diablo.” (San Antonio de Padua)

“Oh pobreza, fuente de alegría cuando es auténtica, tesoro que los hijos del diablo desprecian y odian, ¡tus encantos hacen saborear delicias eternas a los que en verdad te aman!” (San Antonio de Padua)

“Debemos a menudo meditar la Pasión del Señor. De ello debemos servirnos como de un sudario, para secar el sudor de nuestras fatigas y la sangre de nuestros sufrimientos. En toda prueba debemos recordar los ejemplos de paciencia que nos dio Jesús.” (San Antonio de Padua)

"Si tú predicas a Jesús, Él ablanda los corazones y dulcifica las ásperas tentaciones. Si piensas en Él, domina tu corazón. Si lo lees, sacia tu mente." (San Antonio de Padua)

"Jesús es un nombre dulce que alimenta la esperanza; nombre que es, como dice San Bernardo, júbilo para el corazón, melodía para el oído y miel para la boca.” (San Antonio de Padua)

“Quien se humilla en el pensamiento de la muerte, pone en orden toda su vida, y está atento a todo lo que le rodea. Sacude de sí la ociosidad, se da ánimo, en los trabajos y confía en la misericordia del Señor, y dirige el curso de la existencia hacia el puerto de la eternidad.” (San Antonio de Padua)

“Con la muerte volvemos a Dios, como el navegante entra en la tranquila bahía del puerto. Escapados de la tempestad del mundo, nos refugiamos en la paz de la vida inmortal. Volvemos a Dios como el niño lloroso se recuesta contra el seno de su madre que lo acaricia y enjuga sus lágrimas. Del llanto de este mundo los justos entran en la gloria, donde Dios ‘enjugará toda lágrima’.” (San Antonio de Padua)

“¡Vivir sin Jesús es morir! ¡Jesús, nombre dulce y consolador, esperanza de eterna dicha! ¡Es alegría al corazón, melodía al oído, miel a los labios!” (San Antonio de Padua)


“El nombre de Jesús es superior a todo nombre, porque delante de él se dobla toda rodilla. Si lo predicas, ablanda las voluntades más obstinadas. Si lo invocas, dulcifica las más ásperas tentaciones. Si piensas en él, se te ilumina la inteligencia. Si lo lees, te alimenta el corazón.” (San Antonio de Padua)

“Cristo, el sol divino, estaba protegido por la nube, la Virgen María, y emitía sus rayos de oro, a través de los ojos y del semblante de su Madre. Sí, el semblante de María está lleno de todas las gracias, grato a los ojos de Dios y espejo para todos los hombres.” (San Antonio de Padua)

“María es como el arco-iris, señal de reconciliación entre Dios y los hombres. Es como un capullo de rosa que abre sus pétalos en pleno invierno; como un lirio que crece junto a la corriente de las aguas; como un incienso que esparce suaves aromas. Ella es un cáliz de oro cubierto de piedras preciosas, un olivo que jamás pierde su follaje, un ciprés que se eleva sobre todos los árboles del bosque.” (San Antonio de Padua)

“María es como la estrella de la mañana en medio de la oscuridad de las nubes, y el curso de su vida brilló como resplandece la luna en la plenitud de su luz. Como el sol, envía también ella fúlgidos resplandores.” (San Antonio de Padua)

“La fe y la esperanza son las dos alas del alma, con ellas se eleva de las cosas terrenas y asciende de lo visible a lo invisible.” (San Antonio de Padua)

“¿Saben cuál es el poder más bello y más laudable? Es aquel que domina a sí mismo su propia soberbia.” (San Antonio de Padua)

“La esperanza es la aceptación de los bienes futuros.” (San Antonio de Padua)

“El rostro de Dios está impreso en nuestra razón.” (San Antonio de Padua)

“La habitual contemplación de Cristo paciente y despreciado, y el recuerdo de sus sacrificios, hacen insensibles los placeres y gozos de la tierra.” (San Antonio de Padua)

“El lobo devora con gusto a su presa; así el demonio busca, sobre todo, manchar la pureza.” (San Antonio de Padua)

“Después de haber cometido tantos pecados al alma infeliz no le queda otro remedio que la confesión.” (San Antonio de Padua)

San Antonio y la mula


Predicaba San Antonio de Padua en Rímini (Italia). Allí los herejes patarinos habían desfigurado el dogma de la presencia real, reduciendo la Eucaristía a una simple cena conmemorativa.
Antonio, en su predicación, ilustró plenamente la realidad de la presencia de Jesús en la Hostia Santa. Mas los jefes de la herejía no aceptaban las razones del Santo e intentaban rebatir sus argumentos. Entre ellos, Bonvillo, que era el principal y se hacía el sabiondo, le dijo:

-Menos palabras; si quieres que yo crea en ese misterio, has de hacer el siguiente milagro: Yo tengo una mula; la tendré sin comer por tres días continuos, pasados los cuales nos presentaremos juntos ante ella: yo con el pienso, y tú con tu sacramento. Si la mula, sin cuidarse del pienso, se arrodilla y adora ese tu Pan, entonces también lo adoraré yo.
Aceptó el Santo la prueba y se retiró a implorar el auxilio de Dios con oraciones, ayunos y penitencias.
Durante tres días privó el hereje a su mula de todo pienso y luego la sacó a la plaza pública. Al mismo tiempo, por el lado opuesto de la plaza, entraba en ella San Antonio, llevando en sus manos una Custodia con el Cuerpo de Cristo; todo ello ante una multitud de personas ansiosas de conocer el resultado de aquel extraordinario compromiso contraído por el santo franciscano.
Encaróse entonces el Santo con el hambriento animal, y, hablando con él, le dijo:

-En nombre de aquel Señor a quien yo, aunque indigno, tengo en mis manos, te mando que vengas luego a hacer reverencia a tu Creador, para que la malicia de los herejes se confunda y todos entiendan la verdad de este altísimo sacramento, que los sacerdotes tratamos en el altar, y que todas las criaturas están sujetas a su Creador.

Mientras decía el Santo estas palabras, el hereje echaba cebada a la mula para que comiese; pero la mula, sin hacer caso de la comida avanzó pausadamente, como si hubiese tenido uso de razón, y, doblando respetuosamente las rodillas ante el Santo que mantenía levantada la Sagrada Hostia, permaneció en esta postura hasta que San Antonio le concedió licencia para que se levantara. Bonvillo cumplió su promesa y se convirtió de todo corazón a la fe católica; los herejes se retractaron de sus errores, y San Antonio, después de dar la bendición con el Santísimo en medio de una tempestad de vítores y aplausos, condujo la Hostia procesionalmente y en triunfo a la iglesia, donde se dieron gracias a Dios por el estupendo portento y conversión de tantos herejes.
http://webcatolicodejavier.org/milagrosantonio.html

San Antonio de Padua


Su fiesta se celebra el 13 de junio

39
Los autores modernos fijan entre los años 1188 y 1191 el nacimiento de San Antonio de Padua. Según el más antiguo biógrafo, nació en Lisboa (Portugal) en una casa que poseían sus padres cerca y al norte de la catedral, en cuyo baptisterio recibió las aguas bautismales a los ocho días de su nacimiento, imponiéndosele el nombre de Fernando.

Sus años juveniles discurrieron en el seno de la familia, convertido en el hechizo de sus padres, por ser el primogénito y por aparecer dotado de índole buena, probidad e integridad de costumbres. Desde su más tierna edad profesó una especial devoción hacia la Virgen Santísima, a la cual se consagró y escogió por institutriz, guía y sostén de su vida y muerte. El historiador Surio dice de él que visitaba a menudo las iglesias y monasterios de la ciudad y que era compasivo con los pobres, a quienes socorría en sus necesidades.

Juntamente con la educación religiosa proveyeron sus padres a la educación intelectual de su hijo, al confiarle a los desvelos del maestrescuela de la catedral, para que lo iniciara en los rudimentos de la gramática, retórica, música, aritmética, geografía y astronomía, materias que constituían el plan de estudios de las escuelas catedralicias de aquel tiempo.

Dicen sus biógrafos que el Santo fue acometido en su juventud por la violencia de las pasiones; pero añaden que el «casto joven nunca, ni por un instante, se rindió a las exigencias de la pubertad y del placer». Estas crisis pasionales que asaltan a la juventud, y que para muchos jóvenes son el principio de una vida de pecado, fueron para el Santo la piedra de toque que le movió a encauzar su vida por otras sendas que estuvieran al abrigo del demonio de la impureza. De ahí su decisión de ingresar en el monasterio de San Vicente de Fora, situado en las afueras de Lisboa, sobre una pequeña colina, y habitado por hombres honorabilísimos por su piedad.

Dos años moró el Santo en el monasterio de San Vicente, hasta que, a causa de las frecuentes visitas de familiares y amigos que le impedían la paz y recogimiento, decidió pedir su traslado a la casa madre de Coimbra, en donde ingresó a los diecisiete años de edad. Aquí llevó una vida tan fervorosa que los antiguos biógrafos aseguran que en este tiempo escaló Fernando las cimas de la santidad. Al intenso trabajo espiritual acompañaba siempre el estudio, que consideraba como complemento y perfección de su vida de piedad. Aunque muy amplios, sus estudios tendían exclusivamente al conocimiento más perfecto de la Sagrada Escritura.

Atendiendo el ambiente político-religioso del monasterio de Santa Cruz durante los tiempos en que moró allí el Santo, sacamos la conclusión de que su santidad y ciencia fueron más bien producto de su esfuerzo personal y de la gracia que imposiciones del medio ambiente. En una atmósfera de luchas, intrigas y defecciones dolorosas vivía el joven Fernando entregado a la oración y al estudio. La virtud se robustece en la adversidad, y, lejos de escandalizarse por la conducta equívoca de algunos prohombres del monasterio, se impuso una vida más intensa de espiritualidad. Sin embargo, más de una vez soñó en la posibilidad de abrazar otro género de vida más perfecto y más al abrigo del mundanal ruido.

La vida simple de los pobrecillos hijos de San Francisco de Asís del eremitorio de San Antonio de Olivares, de Coimbra, le atraía irresistiblemente. Tuvo Fernando su primer contacto con dichos frailes al hospedarse en el monasterio los protomártires franciscanos de Marruecos, a su paso por Coimbra en dirección a África. Además, los frailes de Olivares acudían al monasterio en busca de limosna, a los que atendía el joven monje, que, según testimonio de Azevedo, tenía a su cargo la hospedería. A este cenobio fueron después traídos los cuerpos de los protomártires de Marruecos. ¿Qué impresión producirían en el ánimo de Fernando los despojos mortales de aquellos intrépidos soldados de la fe? Despertaron en él el deseo de consagrarse al apostolado entre infieles y morir mártir de Cristo. Era imposible realizar sus sueños mientras permaneciera en Santa Cruz de Coimbra, porque el monasterio no tenía en su programa de vida las misiones entre infieles y sólo podía llevarlo a cabo en el supuesto de profesar en una Orden como la franciscana; pero para efectuar este tránsito debía contar con la autorización de los superiores de ambas Ordenes.

Un día, según costumbre, los frailes de San Antonio de Olivares acudieron al monasterio en busca de limosna y Fernando, en secreto, les confió su propósito, diciéndoles: «Hermanos, recibiría con entusiasmo el hábito de vuestra Orden si me prometiérais enviarme, luego de haber entrado, a tierra de sarracenos para que sea partícipe de la corona de los santos mártires». Los frailes le dieron palabra y fijaron para la mañana siguiente el ingreso en la Orden franciscana. Aquella noche, según el biógrafo más autorizado, arrancó Fernando a duras penas y a base de muchos ruegos el permiso del prior del monasterio. Con el fin de vencer dificultades de parte de sus familiares y de algunos monjes de Santa Cruz se convino en cambiar su nombre de Fernando por el de Antonio, que era el titular del eremitorio donde residían los franciscanos, y en mandarle cuanto antes a tierra de infieles. La ceremonia de la imposición de hábito al nuevo candidato fue rápida y sencilla, por razón de que el prior, el monasterio, la diócesis y todo el reino estaban en entredicho por el arzobispo de Braga, y, según el derecho, se prohibía la celebración pública de la santa misa y del oficio divino.

En el verano de 1220 vestía Antonio la librea franciscana y a primeros de noviembre desembarcaba en Marruecos. Una terrible enfermedad le retuvo todo el invierno en cama y los superiores de la misión juzgaron conveniente repatriarlo para que atendiera a su convalecencia. Con este propósito hízose a la mar; pero un recio viento empujó la nave hacia Oriente, obligándola a atracar en las costas de Sicilia. Antonio se refugió en el convento franciscano de las afueras de Mesina y de allí marchóse al Capítulo general, convocado en Asís por el seráfico fundador para el 20 de mayo de 1221. Antonio pasó inadvertido en medio de aquella multitud, de tal manera que, terminado el Capítulo, los frailes se reunieron en torno a sus provinciales y en su compañía regresaban a sus respectivas provincias, mientras él quedaba a disposición del ministro general. A ruegos del Santo el provincial de Romaña se lo llevó consigo y con su permiso retiróse al eremitorio de Monte Paolo para consagrarse a la soledad. De su vida en aquel eremitorio dice el primer biógrafo:

«Cierto fraile habíase arreglado una cueva que debía servirle de celda para retirarse allí y dedicarse a la altísima contemplación. Cuando Antonio, que iba explorando el bosque, la vio, prendóse de ella y, con muchos ruegos, se la pidió al devoto fraile, que, vencido por las reiteradas súplicas del Santo, se la cedió fraternalmente. Desde entonces todas las mañanas, después de haber tomado parte en la plegaria común, retirábase allí, llevándose consigo un poco de pan y un vaso de agua para todo el día, obligando a la carne a servir al espíritu. Pero, fiel a las prescripciones de la regla, asistía por la tarde a la conferencia espiritual que se tenía en el convento. Sucedía a menudo que, cuando al toque de la campana quería reunirse con sus hermanos, hallábase su pobre cuerpo tan debilitado por las vigilias y tan extenuado por el ayuno que se tambaleaba y rehusaba sostenerse, teniendo necesidad de apoyarse en otro hermano para poder llegar al eremitorio».

Pero aquella alma privilegiada no debía vivir sólo para sí, sino ser útil y provechosa a los demás. No quiso Dios que aquella lámpara de la ciencia y santidad permaneciese por más tiempo debajo del celemín. Y pronto presentóse la oportunidad de revelarse al mundo con ocasión de un sermón predicado en Forlí en las cuatro témporas de septiembre de 1221, ante los religiosos franciscanos y dominicos que fueron ordenados sacerdotes. A ruegos del superior habló de tal manera que todos quedaron maravillados del torrente de sabiduría que fluía de sus labios. Su ciencia había traicionado a su humildad y no era posible esconderla por más tiempo. Aquella intervención de Antonio sorprendió gratamente al provincial, que pensó en dedicarle inmediatamente al apostolado.

Su primer campo de acción apostólica fue la Romaña, región infectada por los herejes cátaros y patarinos. Antonio entró en liza con ellos, poniendo en juego todas las reservas espirituales acumuladas anteriormente en la soledad y sus extensos conocimientos teológicos y bíblicos. En Rímini encontró fuerte oposición de los herejes, que impedían al pueblo que asistiera a sus sermones. Entonces recurrió el Santo a la eficacia del milagro. Ante la apatía del público por la palabra de Dios fuese a orillas del Adriático y empezó a predicar a los peces, diciendo: «Oid la palabra de Dios, vosotros peces del mar y del río, ya que no la quieren escuchar los infieles herejes». A su palabra acudieron multitud de peces, que sacaban sus cabezas fuera del agua con grandísima quietud, mansedumbre y orden. Aquel milagro despertó gran entusiasmo en la ciudad, quedando corridos los herejes. Fue tan eficaz su acción apostólica contra los mismos, que los antiguos biógrafos le llamaron incansable martillo de los herejes.

Al cabo de unos años de apostolado eficaz fue nombrado Antonio profesor de teología. Cerciorado San Francisco de su sabiduría y santidad, convencido de la necesidad del estudio de sus frailes para el más completo desenvolvimiento de la Orden, envióle la siguiente carta: «A fray Antonio, mi obispo, fray Francisco, salud en Cristo: Me place que interpretéis a los demás frailes la sagrada teología, siempre que este estudio no apague en ellos el espíritu de la santa oración y devoción, según los principios de la regla. Adiós». Con el beneplácito del santo fundador fue San Antonio el primer Lector de teología que tuvo la Orden franciscana.


Poco duró su magisterio en el estudio de los franciscanos de Bolonia, por cuanto las necesidades generales de la Iglesia reclamaron su presencia en Francia, para combatir allí la herejía albigense. Santo Domingo había trabajado incansablemente para reducir a los herejes; pero, a pesar de su acendrado celo y de su actividad incansable, la herejía mostrábase cada día más pujante. Ante aquel peligro movilizó el Papa a todos los predicadores que por su celo, ciencia y santidad de vida fueran aptos para acometer una cruzada eficaz de apostolado, para persuadir a los herejes de la falsedad de su doctrina. Entre los escogidos figuraba San Antonio.

El primer puesto de batalla fue Montpellier, en donde enseñó Antonio sagrada teología a los religiosos de su Orden; de allí pasó a Toulouse para ejercer el mismo ministerio, que alternaba con el apostolado entre el pueblo. «Día y noche –dice Assidua– tenía discusiones con los herejes; exponíales con grande claridad el dogma católico; refutaba victoriosamente sus prejuicios; revelando en todo una ciencia admirable y una fuerza suave de persuasión que penetraba en el ánimo de sus contrarios.» De Toulouse pasó el Santo a Le Puy, Bourges, Limoges y Arlés. Por razón de ocupar el cargo de custodio de Limoges vióse obligado a asistir al Capítulo general convocado por fray Elías en Asís para el 30 de mayo de 1227, y en el cual fue elegido Antonio ministro provincial de Romaña, cargo que ejercitó con éxito hasta el año 1230. «A finales de 1229 mandó Dios a Padua –dice Rolandino– de los confines de la Hesperia y de los países de Occidente, esto es, de las tierras de Galicia, Sevilla y Lisboa, al hombre religioso y santo, célebre por sus virtudes y conocimientos literarios, arca del Antiguo Testamento y forma del Nuevo y, si me es lícito usar de esta expresión, poderoso en obras y palabras. Éste habitó con sus hermanos de Padua; pero espiritualmente habitaba en el cielo.» Por indicación del cardenal de Ostia se dedicó allí Antonio a la composición de sermones para todas las festividades de los principales santos y domínicas del año. La soledad y el retiro del convento de Arcella, cerca de Padua, invitaban al recogimiento y estudio, necesarios para llevar a término la composición de una obra de tan vastas proporciones. También se le atribuye una Exposición del Salterio y algunas otras obras.

Al llegar la Cuaresma suspendió Antonio el estudio para dedicarse de nuevo a la predicación. Era tan vivo el celo que devoraba su corazón, que se propuso predicar durante cuarenta días continuos, y lo llevó a cabo, a pesar de la maligna hidropesía que le aquejaba. Era tanto el fervor del pueblo por su persona, que se abalanzaban sobre él las gentes para recortar pedazos de su hábito. Con el fin de impedir estas escenas se dispuso que, terminado el sermón, desapareciera Antonio ocultamente o saliera escoltado por un piquete de hombres valientes que impidieran acercársele.

Consumido por el esfuerzo y la enfermedad retiróse San Antonio al eremitorio de Camposampiero. Junto al mismo había un espeso bosque y en él un nogal gigantesco con un tupido ramaje en forma de corona. El Santo, movido por divina inspiración, pidió por caridad que se le construyera una celdita entre la enramada del árbol, como lugar apartado y apto para la meditación. Aparte del sabor poético de la escena, ¿no encierra este hecho un poco de filosofía cristiana? Los monjes y los pájaros son hermanos. Las alondras y las tórtolas amaban a San Francisco, y es probable, aunque las Florecillas no lo cuenten, que los pajaritos no huían del árbol cuando Antonio subía en él. Los monjes y los pájaros son pobres y confían en la Providencia, que da a los unos las migajas de la caridad y a los otros los ligeros granos que levanta el viento; teje para los primeros un vestido glorioso con el oro de sus virtudes y prepara para los segundos un manto real con la variedad de su plumaje.

Un día la enfermedad que le aquejaba anunció un fatal desenlace. Recibidos los santos sacramentos, cantó Antonio un cántico a la Virgen mientras fijaba su mirada hacia un punto luminoso, invisible para los allí presentes, con una sonrisa beatífica en sus labios. El religioso que le asistía le preguntó en la intimidad qué cosa veía, a lo que respondió el Santo: «Veo a mi Señor». Después alargó los brazos, juntó las palmas de las manos en actitud humilde y alternaba con los religiosos en el rezo de los salmos penitenciales. Al terminar entró en un profundo éxtasis que duró media hora; vuelto en sí miró por última vez a los presentes, sonrióles y su alma santísima, desligada de los brazos de la carne, fue absorbida en los abismos de los resplandores divinos. Era viernes, día 13 de junio de 1231. Tan pronto como expiró los niños de Padua recorrieron la ciudad al grito de: «¡Ha muerto el Santo! ¡Ha muerto San Antonio!».

Dios quiso glorificar su sepulcro obrando por su intercesión gran número de milagros, lo que movió a las autoridades eclesiásticas a pensar en su canonización, lo que hizo el papa Gregorio IX aún no transcurrido el año de la muerte. El mismo Gregorio IX le concedió, al canonizarle, la misa de doctor, que ininterrumpidamente se ha celebrado en su fiesta, por los tesoros de la altísima sabiduría de que fueron testigos y panegiristas los Romanos Pontífices. Pío XII se hizo intérprete de esa tradición secular cuando el 16 de enero de 1946 le proclamaba doctor de la Iglesia, asignándole el título de Doctor Evangélico, por las Letras Apostólicas que empiezan con el siguiente elogio:

«Alégrate, feliz Lusitania: salta de júbilo, Padua dichosa, pues engendrasteis para la tierra y para el cielo a un varón que bien puede compararse con un astro rutilante, ya que brillando, no sólo por la santidad de su vida y gloriosa fama de sus milagros, sino también por el esplendor que por todas partes derrama su celestial doctrina, alumbró y aún sigue alumbrando al mundo entero con una luz fulgentísima».

San Antonio no ha perdido actualidad y su memoria es evocada constantemente por el pueblo cristiano, que ve en él al santo que resucita a los muertos, que cura las enfermedades, que está dotado del don de bilocación, que habla a los peces, que convierte a los herejes, que aligera el bolsillo de los ricos en provecho de los pobres necesitados, que asegura y multiplica las provisiones, que allana los obstáculos que dificultan el contraer matrimonio, que halla las cosas perdidas, que conversa amigablemente con el Niño Jesús. La experiencia cotidiana enseña que San Antonio no defrauda nunca la esperanza de sus devotos, que confían en su valimiento ante el trono del Altísimo.

Texto extraído del libro de Luis Arnaldich, OFM, "San Antonio de Padua", tomo II,
Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 635-642

Los Lirios de San Antonio


El lirio o la azucena es símbolo de la pureza y porque así como el más ligero contacto empaña esa flor candidísima, así toda culpa —aunque leve— afea la pureza del alma.

A los Santos que se distinguieron durante su vida por su inocencia, se los representa con esta flor en los brazos, en las manos o junto a sí.

A San Antonio de Padua no sabríamos conocerle si no viéramos sus imágenes con el lirio o con el divino Niño Jesús, lirio de los valles, que se recrea entre lirios. Es que San Antonio conservó el candor virginal toda su vida y, si el lirio o azucena es la representación de la virtud de la pureza, no podía faltarle este símbolo.

Y parece que San Antonio siente predilección por el lirio y cómo se goza de ver sus imágenes con esta flor y sus altares adornados con las azucenas, que recuerdan a las gentes el deber de amar y conservar a toda costa la delicadísima virtud de la pureza. Hasta tal punto que a tan bellas y blancas flores del campo se las llama lirios de San Antonio.
La devoción de los lirios de San Antonio es antiquísima, aunque en la liturgia eclesiástica aparezca casi nueva. En 1680, en el pueblo de Mantesca de Agesso, le quitaron al Santo de las manos la flor o lirio artificial, sustituyéndole por uno natural recién tomado del jardín. Dejaron esta flor en manos de San Antonio después de la fiesta y por todo un año se conservó la azucena fresca, como si acabaran de cortarla, con el mismo aroma que se percibía en toda la iglesia.

En Marcase de Sicilia sucedió otro caso singular. Expulsados los franciscanos por la revolución, la gente acudía a la iglesia el trece de junio. Terminada la fiesta, se cerró la iglesia, olvidando retirar las flores del altar. Transcurrido largo tiempo, volvieron a la iglesia y encontraron marchitas todas las flores, menos los lirios y las azucenas que rodeaban la imagen de San Antonio. Toda la ciudad acudió a ver el prodigio y las gentes se llevaron como reliquias los frescos y aromáticos lirios de San Antonio.

El pueblo cristiano tiene veneración especial al lirio de San Antonio porque, además de estar convencido de que con ello complacen al glorioso Taumaturgo de Padua, han visto en él un símbolo de protección y auxilio que el Santo de los Milagros otorga en favor de sus devotos que le suplican su valimiento para conservarse en tan apreciada virtud.
Aumentóse de un modo extraordinario esta veneración porque San Antonio ha utilizado algunas veces estas flores como instrumento para conceder favores y obrar milagros. Recuérdese el siguiente caso. Una señora de Montreal (Canadá), tomó el hábito de religiosa en el Convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Asís (Italia), y se llamó Sor Margarita de Santa Clara.

Con motivo de una fundación en América, hubo de embarcarse y no bien llegó a Nueva York, cuando sintió un pequeño dolor en la lengua, que fue aumentando insensiblemente. Llamado un especialista, declaró que se trataba de un cáncer maligno y que era indispensable la operación.

Ante tal augurio, Sor Margarita recurrió a Dios, suplicándole, por intercesión de San Antonio, que le socorriese. Súbitamente la buena Hermana se acordó que tenía un pétalo de un lirio bendecido en la fiesta de San Antonio y aquella noche, antes de acostarse (era la víspera del día señalado para la operación) estuvo algún tiempo en fervorosa oración y luego se aplicó el pétalo a la lengua, en el sitio donde tenia el cáncer.

Al día siguiente, al levantarse, ¿cuál no sería su sorpresa y alegría al ver que tenía la lengua completamente sana? Cuando el doctor especialista, que no era católico, llegó para practicar la operación, quedó sorprendido al ver que ni señal quedaba del cáncer. La Hermana le dijo que San Antonio la había curado. El doctor ratificó que semejante caso no podía realizarse sino por un milagro.