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sábado, 31 de enero de 2009

New Age - Gnosticismo de nuestros días

El New Age es una nueva forma de practicar la “gnosis”, postura de espíritu que tergiversa la Palabra de Dios. (Juan Pablo II) El Gnosticismo es el nombre colectivo de un grupo de vagas y erróneas filosofías religiosas, las cuales han tratado de competir con el Cristianismo desde los comienzos de éste en el Siglo I, y que fueron condenadas como herejías desde los primeros Concilios de la Iglesia. El Gnosticismo trata de penetrar la esencia misma de la divinidad mediante una serie de enseñanzas y prácticas “ocultas”. Es ésta una tentación que ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad y que ha resurgido con gran fuerza desde los años 60 hasta nuestros días. Consiste esta tentación en exaltar la razón humana y atribuirle poderes extraordinarios, apelando a una “sabiduría superior” que sería la verdadera religión y punto convergente de todos los caminos espirituales y místicos. (De la Instrucción Pastoral del Arzobispo de México sobre el “New Age”) Ya San Pablo, desde el comienzo del Cristianismo nos advertía contra la tendencia gnóstica de pretender penetrar “el secreto de Dios” : “Pido que tengan ánimo... para que logren penetrar el secreto de Dios que es Cristo, pues en Él están escondidas todas las riquezas de la sabiduría y del entendimiento. Se los digo para que nadie los engañe con discursos capciosos ...” (Col. 2,2-4) Y Juan Pablo II, representante de Jesucristo en la tierra, nos advierte al respecto en su bestseller Cruzando el Umbral de la Esperanza: “No debemos engañarnos pensando que el renacimiento de las antiguas ideas gnósticas en la forma de la llamada New Age pueda llevar a una renovación de la religión. Es solamente un nuevo modo de practicar la gnosis, esa postura de espíritu que en nombre de un profundo conocimiento de Dios, acaba por tergiversar Su Palabra”. En nuestros días esta desviación se está manifestando de una manera “aparentemente” invertebrada, como “casual”, que puede notarse en tendencias, comentarios y conceptos como los que siguen: Todas las religiones son iguales... Yo me construyo mi propio esquema de creencias ... Yo creo en Cristo, pero no en la Iglesia... Cristo fue solamente un gran profeta... Todas las creencias se pueden integrar en una sola religión... Re-encarnación... Todo es permitido; nada es pecado... La moralidad reprime la propia personalidad... Meditación a la oriental... Gurúes - Maestros - Mantras... Todo se puede lograr: sólo hay que proponérselo... Dios como energía... Canalización de espíritus ... Esta lista, que no pretende ser exhaustiva, forma parte de las maneras de manifestarse que tiene lo que se ha dado por llamar “New Age”. Y ... ¡cuántos incautos no están cayendo en estas falsas y peligrosas tendencias! ¡Qué apropiadas las palabras con que San Pablo continúa su Carta a los Colosenses (Cap.2), para representar lo que está sucediendo en nuestros días! “Cuídense de que nadie los engañe con esa teoría que es una insulsa patraña forjada y transmitida por hombres, fundada en los elementos del mundo y no en Cristo”. Y así y todo, a pesar de la fe que recibimos en el Bautismo y lo que nos ha sido enseñado, hay muchos que están desviándose por caminos equivocados, engañados con teorías que no son más que patrañas; es decir, embustes y mentiras hábilmente forjadas para atrapar a gente bien intencionada. Continúa San Pablo: “Tengan por regla suprema a Cristo Jesús, el Señor, tal como se les enseñó. Permanezcan arraigados y edificados en El, apoyados en la fe, tal como fueron instruidos”. “Es en Cristo en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad”... ¿Para qué entonces buscar esa divinidad por otros lados? “Por Cristo, que es cabeza de todo poder y autoridad, Uds. han obtenido su plenitud”... ¿Por qué buscar la penitud en otros lados, si Cristo Jesús, el Señor, es nuestra plenitud?. VOCABULARIO, IDEOLOGIA y FACHADAS DEL NEW AGE El New Age es un engaño venido del ocultismo, se presenta con muchas fachadas. La ideología que lo sustenta es de origen pagano. Las ideas y prácticas que constituyen el “New Age” son bien difíciles de inventariar, porque no se presenta este movimiento con una identidad fija, sino con muchas fachadas diferentes. Además, estas fachadas no sólo son muy variadas y confusas, sino que esta corriente surge constantemente con nuevas cosas, nuevas ideas -o ideas viejas convertidas en nuevas- nuevos métodos, nuevas teorías e invenciones. Es decir, es un movimiento teórico y práctico con una capacidad de mutación y de variabilidad realmente asombrosa. De ahí la dificultad en descifrarlo, dividirlo, catalogarlo. Dice así el Arzobispo de Malinas-Bruselas, Mons. Godfried Daneels, en su Instrucción Pastoral sobre Sectas y New Age (1990): “El New Age es difícil de definir. No es una religión, pero pretende ser religioso; no es una filosofía, pero pretende ser una visión del hombre y del mundo, así como una clave de interpretación; no es una ciencia, pero se apoya en leyes “científicas”, aunque haya que ir a buscarlas entre las estrellas. El New Age es una nebulosa que contiene esoterismo y ocultismo, pensamiento mítico y mágico respecto de los secretos de la vida ... y una pizca de cristianismo, todo revuelto con ideas que proceden de la astrología”. El New Age emplea un vocabulario que ya forma parte del léxico de muchos, en el cual se incluyen palabras tomadas del cristianismo, del misticismo oriental, de las ciencias, etc.: armonía, paz, unidad, amor, luz, quietud, energía, ondas, vibraciones, radiaciones, realización personal, toma de conciencia, re-encarnación, karma ...Un vocabulario hecho a la medida de lo que el hombre de hoy desea oír. Sin embargo, a pesar de toda esta vaguedad, hay varias cosas claras: La ideología subyacente del New Age es francamente de origen pagano e incluye las siguientes ideas y filosofías: Panteísmo, Sincretismo, Monismo, Gnosticismo, Teosofía, Esoterismo, Ocultismo, Relativismo moral y práctico, Subjetivismo, Re-encarnacionismo, Idolatría, Misticimo Oriental, Materialismo y Hedonismo, igualación de las religiones, etc. Las formas y métodos en que se manifiesta incluyen las siguientes: revalorización e incorporación de doctrinas paganas y diferentes formas de ocultismo, incluyendo el culto satánico; fomento de la brujería, hechicería, adivinación, santería, voodooísmo, fetichismo, astrología; espiritismo -ahora con un nuevo nombre: “canalización” de espíritus; peticiones a “espíritus” especiales, como el “espíritu de navidad”, por ejemplo; comunicación con seres “superiores” (“maestros ascendidos”, “ángeles”, extra-terrestres); juegos espiritistas, como la ouija, etc; neo-chamanismo, curaciones por contacto a través de la “energía universal” y la apertura y estimulación de los “chakras”, o por cristales; poder mental, metafísica, desarrollo de poderes especiales y de la percepción extra-sensorial; técnicas de desarrollo del potencial “ilimitado” del ser humano, cientología, el eneagrama, etc.; técnicas de meditación oriental, yoga, mantras, etc.; supremacía de “gurúes” y “maestros”; modos de adivinación oriental (Ichin, Tarot, etc.)... y muchas otras disciplinas y técnicas venidas del misticismo oriental; estudio del ocultismo a través de la parapsicología; falsos dioses y divinidades, la divinidad masculino-femenina, o la femenina (madre-tierra), etc., etc., etc. Incorporarse a las ideas y prácticas del New Age puede significar jugar con fuego, estar al borde del precipicio o hundirse en el abismo... tal vez sin darse uno cuenta. Sólo la Sabiduría -con “S” mayúscula- aquélla que no es mero saber humano y que nos viene dada por el Espíritu Santo, puede mostrarnos el engaño que hay en todo ese mundo venido del ocultismo y ayudarnos a optar por la Verdad plena. Fuente Homilía diaria.org

El Miedo

En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.
En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobe el origen del mal.
-El mal procede del hambre -declamó el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.
El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.
Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Sí viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas.
Mas, ¡ay!, vivimos en parejas y amamos tanto a nuestra compañera, que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella. "¿Habrá comido? - nos preguntamos- ¿Tendrá bastante abrigo?". Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.
-No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontremos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.
El ciervo no fue de este parecer.
-No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestro cuerpo; y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho; y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.
Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:
-No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestro males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.

“Manos que oran”

“Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nüremberg, vivía una familia con 18 niños. Para poder poner pan en la mesa para tal prole, el padre, y jefe de la familia, trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de oro, y en cualquier otra cosa que se presentara.
A pesar de las condiciones tan pobres en que vivían, dos de los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su padre jamás podría enviar a ninguno de ellos a estudiar a la Academia.
Después de muchas noches de conversaciones calladas entre los dos, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa, con las ventas de sus obras, o como fuera necesario.
Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la Iglesia. Albrechtt Durer ganó y se fue a estudiar a Nüremberg.
Albert comenzó entonces el peligroso trabajo en las minas, donde permaneció por los próximos cuatro años para sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue toda una sensación en la Academia.
Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores, y para el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte.
Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albretch se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer sus estudios una realidad.
Sus palabras finales fueron: “Y ahora, Albert hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nüremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti”. Todos los ojos se volvieron llenos de expectativahacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien tenía el rostro empapado en lágrimas, y movía de lado a lado la cabeza mientras murmuraba una y otra vez: “No… no… no…”.
Finalmente, Albert se puso de pie y secó sus lágrimas. Miró por un momento a cada uno de aquellos seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su mano en la mejilla de aquel le dijo suavemente:“No, hermano, no puedo ir a Nuremberg.
Es muy tarde para mí. Mira lo que cuatro años de trabajo en las minas han hecho a mis manos. Cada hueso de mis manos se ha roto al menos una vez, yúltimamente la artritis en mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis… mucho menos podría trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, hermano… para mí ya es tarde”.
Mas de 450 años han pasado desde ese día. Hoy en día los grabados, óleos, acuarelas, tallas y demás obras de Albretch Durer pueden ser vistos en museos alrededor de todo el mundo. Pero seguramente usted,como la mayoría de las personas, sólo recuerde uno. Lo que es más, seguramente hasta tenga uno en su oficina o en su casa.
Un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert, Albretch Durer dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamó a esta poderosa obra simplemente “Manos”, pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón a su obra de arte y se le cambió el nombre a la obra por el de “Manos queoran”.La próxima vez que veas una copia de esta creación, mírala bien. Permite que sirva de recordatorio, si es que lo necesitas, de que nadie,nunca, ¡triunfa solo!”

Fabula del Tonto

Se cuenta que en una ciudad del interior, un grupo de personas se divertían con el tonto del pueblo, un pobre infeliz de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños recados y recibiendo limosnas.
Diariamente, algunos hombres llamaban al tonto al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una de tamaño grande de 50 centavos y otra de menor tamaño, pero de 1 peso.Él siempre tomaba la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos.
Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre, lo llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió:- Lo sé señor, no soy tan tonto…, vale la mitad, pero el día que escoja la otra, el jueguito se acaba y no voy a ganar más mi moneda.
Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero se pueden sacar varias conclusiones:
La primera: Quien parece tonto, no siempre lo es.
La segunda: ¿Cuáles son los verdaderos tontos de la historia?
La tercera: Una ambición desmedida puede acabar cortando tu fuente de ingresos.
La cuarta: y la conclusión más interesante: Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan una buena opinión sobre nosotros. Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensan los demás de nosotros, sino lo que uno piensa de sí mismo.
MORALEJA: El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser tonto delante de un tonto que aparenta ser inteligente…

Vida virtual ante los ojos de todos


Actualizar constantemente las opciones de estados en teléfonos móviles y redes sociales constituye el principal riesgo
La intimidad de su entorno y rasgos de su personalidad pueden quedar expuestos a cuenta gotas ante conocidos y extraños por igual

Las infinitas opciones que ofrece la tecnología para interactuar con otras personas y expresarse de forma diversa, ha traspasado la línea de lo privado, no sólo al servir estos medios como banco de datos que sirven para ubicar a personas y escudriñar en su entorno, sino cuando el mismo usuario propicia su riesgo al exponer su intimidad de forma abierta y sin reparos, a través de las opciones de estados que configuran las redes sociales y los teléfonos móviles, siendo estos últimos, el medio favorito para hacer saber a otros si se está triste, contento, o en medio de una reunión con amigos en un lugar determinado.

Desde las primeras opciones del caducado chat de Windows Live Messenger, que permitió en sus comienzos colocar un mensaje como estado, a los medios más recientes como los teléfonos Blackberry, han propiciado el auge de publicar casi en tiempo real lo que se está haciendo, en donde, y bajo que sentimiento, lo que indiscutiblemente ofrece al usuario el medio para exponerse de forma preocupante sin que se percate de los riesgos que conlleva describir a cuenta gotas el entorno de su personalidad, a cientos de contactos de los cuales, a pesar de ser conocidos, nunca se tendrá la certeza de sus intenciones.

LA VIDA EN UN MÓVIL
Las nuevas generaciones de teléfonos móviles, incluyen diversas características de conexión a las redes sociales de moda, correos electrónicos y otras propiedades que los hacen aparatos inteligentes. Los populares Blackberry y similares, han hecho posible interactuar con las redes sociales sin necesidad de una computadora, además de incluir una opción irresistible para los fanáticos de la comunicación a distancia; un chat interno que todos conocen como “pin”, en referencia al código asignado para cada aparato.

El meollo del asunto, no radica en el tiempo que se dedica al chat, sino en la constante actualización de las opciones de estado, que acompañados de una fotografía, hacen referencia al sitio donde está la persona, con quienes se encuentra y que es lo que está haciendo, lo que también sucede a través de otros elementos de la web 2.0 como Facebook y Twitter, con la diferencia de que mediante los Blackberry, la exposición se reduce a un reducido número de contactos, lo cual no deja de ser menos comprometedor.

REFERENCIAS PARA EL RIESGO

Colgar fotos de viajes, lucir un nuevo vestido o mostrar lo que se va a cenar, expone a cuenta gotas la privacidad de quienes comparten su cotidianidad con los contactos, que pueden cambiar su percepción de la persona cuya impresión ha sido diferente en el trato cara a cara. No obstante, además de las repercusiones sociales, está la constante búsqueda de información por parte de delincuentes, quienes pudieran usar formas inimaginables para acceder a dispositivos móviles o cuentas en la web 2.0, para seguir de cerca la agenda virtual de cualquier persona.


Consejos de seguridad

-Para disfrutar una vida virtual a través de un teléfono móvil o redes sociales, sin malas experiencias, lo mejor es identificar con precisión aquellos elementos que son vitales para conservar su privacidad, y protegerla tanto de conocidos como extraños, a manera de precaución.

-Piense bien en lo que coloca y las consecuencias que habría si llegara a manos equivocadas

-Absténgase de agregar entre sus contactos a quien no conoce lo suficientemente bien

-No use sus estados para hacer referencia de lugares donde se encuentra. Si desea mostrarlo hágalo después de haberse ido del sitio

-No coloque fotos donde se aprecie su casa, oficina o vehículo. Su entorno debe ser privado.

-No ostente regalos ni bienes materiales. Podrían servir para interpretar su estatus social, un requisito para los secuestradores

-Evite manifestar constantemente sus sentimientos por los estados de pin o redes sociales. Da lugar a malas interpretaciones y chismes

-Informe a los niños y adolescentes sobre los riesgos de exponer su intimidad y la de la familia a través de los estados de un móvil o Internet

-Comparta su código de pin (en el caso de los Blackberry) o sus cuentas de redes sociales con sus hijos para supervisar lo que colocan

-Mantenga desactivada la opción de bluetooth, y actívela sólo cuando sea necesario. Los delincuentes ubican a sus víctimas mediante estas redes inalámbricas personales

José Luis Ramírez
Fotos Jorge Llach/Archivo
jramirez@elperiodiquito.com

El síndrome de la maledicencia

Perdonarnos y amarnos: ese será el mejor remedio para erradicar el síndrome de la calumnia.

Cada nueva epidemia provoca un auténtico terremoto en el mundo de la medicina y en la vida de miles (quizá millones) de personas. Lo hemos visto con el SARS (“severe acute respiratory syndrome”, en español “síndrome respiratorio agudo severo”).

Podríamos preguntarnos si no existen también “epidemias” en el mundo del espíritu. Pensemos, por ejemplo, en el chismorreo, en los insultos, en la calumnia. En cuestión de pocos días (a veces en pocas horas) un hombre o una mujer pierden su fama, el afecto de sus amigos o conocidos, incluso tal vez de sus familiares más cercanos.

Todo inicia con una alusión que alguien susurra en un rato de cotilleo. Luego, la suposición se convierte en sospecha. Alguno hace de la sospecha certeza, y la certeza (fundada a veces sólo en una mezcla de imaginación, mentiras y rencores profundos) se propaga como la peste, como el SARS: ¡qué difícil es detener la maledicencia o la calumnia!

Los cristianos deberíamos actuar contra cualquier nuevo brote de maledicencia con firmeza. En algunas situaciones deberíamos ser tan firmes y tajantes como los médicos que luchan contra reloj para cortar el avance de un nuevo virus. Un virus puede destruir una vida, y eso es muy grave. Pero sólo quien ha sufrido el veneno de la calumnia, quien se ha visto insultado, señalado, abandonado por culpa de una mentira que corre veloz de boca en boca, o de una a otra página o foro de internet, puede comprender que hay formas de muerte moral más dolorosas que la misma enfermedad física.

¿Podemos tomar medidas radicales, firmes, profundas, contra la mentira, el chismecillo, la calumnia espontánea o promovida de modo organizado y sistemático?

La primera cosa que podríamos hacer es mirar nuestros corazones. Si guardamos rencores, si la envidia asoma de vez en cuando su cabeza repugnante, hemos de pedir a Dios un corazón bueno, que sepa perdonar, que sepa amar. Quien no ama a su hermano no puede amar a Dios (1Jn 4,20). Del corazón malo sólo salen malas cosas. El virus de la calumnia se origina en mentes que viven fuera del Evangelio, en fuentes incapaces de ofrecer el agua del amor (St 3,10-18).

Por lo mismo, hemos de decidirnos a no ser nunca los primeros en lanzar una crítica contra nadie. ¿Para qué voy a decir esto? ¿Es sólo una imaginación mía? ¿Me gustaría que alguien dijese algo parecido de mí?

Al contrario, necesitamos aprender a ser ingeniosos para alabar y defender a los demás. Esto es posible si tenemos un corazón realmente cristiano, bueno, comprensivo, misericordioso. En ocasiones veremos fallos, pero el amor es capaz de cubrir la muchedumbre de los pecados (1Pe 4,8). Cuando sea posible, podremos corregir al pecador, pero siempre con mansedumbre, como nos enseña san Pablo: “Hermanos, aun cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado. Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo” (Ga 6,1-2).

Después, como ante una epidemia grave, hemos de levantar una barrera firme, decidida, contra cualquier calumnia. Nunca divulgar nada contra nadie, mucho menos una suposición, una mentira como tantas otras lanzadas por ahí (a través de la prensa, de internet, a viva voz). Incluso cuando sepamos que alguien ha sido realmente injusto (lo sepamos por haberlo visto, no sólo de oídas), ¿para qué divulgarlo? ¿Es esto cristiano? ¿No es mejor amonestar a solas al hermano para ver si puede convertirse, si puede cambiar de vida? Tendríamos que ser firmes como muros: delante de nosotros nadie debería poder hablar mal de otras personas.

De un modo especial deberíamos defender el buen nombre del Papa, de los obispos, de los sacerdotes, de todos los demás bautizados. Todos somos Iglesia. El amor debe ser el distintivo de los cristianos. Andar continuamente con quejas y lamentaciones, con rencores y espíritu de lucha mundana, no soluciona nada y fomenta ese veneno que originará nuevos rencores, chismes y, en ocasiones, calumnias. ¡Qué triste imagen la de una comunidad “cristiana” en la cual unos acusan a los otros, los denigran, les ponen la zancadilla a sus espaldas!

La distinción de los discípulos de Jesús será siempre la misma: el amor (Jn 13,35). Desde el amor y con amor podremos (¡sí se puede!) eliminar cualquier nuevo brote de calumnia entre cristianos. Podemos... si oramos humildemente, si se lo pedimos a Cristo con todo el corazón.

Entonces sí podremos vivir, de verdad, como cristianos, porque estaremos dentro del amor. “Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros. Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo” (Ef 4,31-32).

Perdonarnos y amarnos: ese será el mejor remedio para erradicar, dentro de nuestra amada Iglesia, el síndrome de la calumnia, para vivir con salud, en autenticidad, nuestra fe en el Señor Jesús.

FUENTE: HTTP://WWW.ES.CATHOLIC.NET/

El respeto de la dignidad de las personas

El respeto del alma del prójimo: el escándalo
2284 El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho; puede ocasionar a su hermano la muerte espiritual. El escándalo constituye una falta grave si, por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave.
2285 El escándalo adquiere una gravedad particular según la autoridad de quienes lo causan o la debilidad de quienes lo padecen. Inspiró a nuestro Señor esta maldición: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar” (Mt 18, 6; cf 1 Co 8, 10-13). El escándalo es grave cuando es causado por quienes, por naturaleza o por función, están obligados a enseñar y educar a otros. Jesús, en efecto, lo reprocha a los escribas y fariseos: los compara a lobos disfrazados de corderos (cf Mt 7, 15).
2286 El escándalo puede ser provocado por la ley o por las instituciones, por la moda o por la opinión.
Así se hacen culpables de escándalo quienes instituyen leyes o estructuras sociales que llevan a la degradación de las costumbres y a la corrupción de la vida religiosa, o a “condiciones sociales que, voluntaria o involuntariamente, hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana conforme a los mandamientos del Sumo legislador” (Pío XII, Mensaje radiofónico, 1 junio 1941). Lo mismo ha de decirse de los empresarios que imponen procedimientos que incitan al fraude, de los educadores que “exasperan” a sus alumnos (cf Ef 6, 4; Col 3, 21), o de los que, manipulando la opinión pública, la desvían de los valores morales.
2287 El que usa los poderes de que dispone en condiciones que arrastren a hacer el mal se hace culpable de escándalo y responsable del mal que directa o indirectamente ha favorecido. “Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen!” (Lc 17, 1).



La cruz de la calumnia

Pregunta: He sufrido la experiencia de la calumnia. Me ha dolido profundamente ser objeto de acusaciones falsas. Sé que los valores cristianos me obligan a perdonar e incluso a intentar salvar la intención de quienes han obrado así. Confío en que la ignorancia atenúe su responsabilidad y no quiero guardar rencor. Me gustaría que me ayudasen con unos consejos a llevar esta cruz.

Respuesta: Ciertamente, en medio del "calentón" del conflicto en el que hayamos padecido la calumnia y la maledicencia, es necesario que no nos quedemos en la injusticia padecida, y que lleguemos a descubrir la cruz de Cristo con la que hemos de abrazarnos. El situación concreta que has vivido tiene sus propias motivaciones, pero los planes de Dios van más allá. Dios quiere que conozcamos y nos identifiquemos más con Jesucristo, a través de la misma experiencia que él vivió.
Las calumnias estuvieron en el origen de la persecución y la pasión de Jesucristo. El estilo con el que Jesús afrontó las calumnias, debe de ser el nuestro. Intentemos imitar a Cristo:
A).- "Si he hablado mal, muéstrame en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?" (Jn 18,23). Ésta es la respuesta que dirigió Jesús al guardia del Sumo Sacerdote después de que éste le abofetease.
Con frecuencia olvidamos ese pasaje evangélico. Sería incorrecto pensar que abrazar la cruz de la calumnia es sinónimo de una renuncia a la aclaración serena y la corrección fraterna. Jesús le hace ver al guardia que le ha pegado, en presencia del Sumo Sacerdote, que no es justa la forma en la que se ha procedido contra él. Sin embargo, lo hace sin acritud, con paz... Podemos pensar que el temple con el que Jesús contestó a esa bofetada interpeló profundamente a su agresor.
Y he aquí el "quid" de la cuestión: la serenidad de esa respuesta solamente se entiende si tenemos en cuenta que a Jesús le duele más la ofensa al Padre de ese pecado, que el dolor físico y la humillación que a él le inflige. Nuestras reacciones son con frecuencia desproporcionadas porque están sustentadas en nuestro amor propio herido.
Al corregir Jesús de esta forma a quien le agrede, le está dando una posibilidad de arrepentimiento y de cambio en su vida. Toda corrección que se precie de serlo, ha de desear ese arrepentimiento del corregido, cuidando de no reducirse a buscar el desquite de quien pretende dejar patente la injusticia cometida.
B).- Viendo Pablo que el Sanedrín que le estaba juzgando estaba dividido entre fariseos y saduceos, levantó la voz ante la asamblea para decir: "Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos; por esperar la resurrección de los muertos se me juzga" (Hch 23, 6)
San Pablo añade aquí un segundo elemento a esa actitud trasparente de Jesús ante el Sumo Sacerdote, que hemos descrito en el punto anterior. Podríamos decir que Pablo actúa de una forma "sagaz" o "astuta". Fue Jesús el que nos aconsejó ser "sencillos como palomas y astutos como serpientes" (Mt 10, 16).
De igual forma que Pablo aprovecha la división existente entre sus perseguidores para librarse de una injusta condena; así también nosotros estamos llamados a caminar en medio de un mundo injusto, sirviéndonos en ocasiones de sus contradicciones interiores para salir victoriosos en la extensión del Reino de Dios.
Lógicamente esta "estrategia astuta" tiene sus límites. No sería nunca aceptable el que hiciésemos el mal para lograr el bien. Se trata por el contrario de caminar por en medio de la confusión, buscando sinceramente la verdad.
C).- "¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?" (Jn 19, 10) Palabras dirigidas por el gobernador Pilatos a Jesús ante su silencio.
Sin rechazar los dos puntos anteriores, el silencio de Jesús ante las acusaciones es su forma más genuina de abrazar la cruz. Una vez que la aclaración serena no ha tenido el efecto deseado, y que tampoco cabe el resquicio de una salida de astucia para evitar el enfrentamiento, ya sólo queda el silencio.
En esta situación, el silencio ante los hombres es el recurso de quien entiende que ya sólo cabe poner las cosas en presencia de Dios, y esperar todo de El. ¡Qué hable Dios cuando tenga que hablar! ¡El tendrá la última Palabra!
La cruz de quien abraza la calumnia en silencio, será con toda certeza sanadora de los propios pecados e impetratoria de la gracia de Dios para la conversión y el perdón del calumniador. No ya sólo eso, en esa cruz está cifrada la salvación del mundo: El Justo acusado injustamente calló ante sus acusadores; y fue el abrazo del Justo a esa injusticia de la que era objeto, el que nos constituyó en "justos" ante Dios.

El veneno de la calumnia

No es fácil cortarle las alas, pero podemos, con un poco de prudencia y un mucho de valor, detener el daño de su lengua.

Las palabras son sólo ruido si no nos dicen nada. Las palabras son algo peor que un ruido si nos enseñan mentiras.

Las calumnias son mentiras contagiosas. Basta una ironía, una insinuación, una conjetura, un artículo o un libro, y se construye una historia falsa en la que algún "pobre hombre" queda pintado como un loco, un criminal, un maníaco o una reencarnación de la maldad. La mentira pasa de boca en boca, rápido, como un fuego que no puede detenerse. Tal vez pasa luego al escrito, a la prensa, a la historia, y dura por meses, años o, incluso, siglos...

Hay personas que tienen la lengua fácil. Suponen delitos en todos, en las personas y en los grupos, en las razas y en las religiones. Basta que alguien tenga suerte en los negocios, para que susurren que debe haber robado. Si un político vence las elecciones, habrá comprado muchos votos.

Si un sacerdote es conocido por sus buenas homilías, seguro que debe tener alguna amante escondida en las oficinas parroquiales. Si una señora bien parecida sale todas las tardes a pasear con su marido, alguno no tarda en insinuar maliciosamente que por las mañanas seguramente se ofrecerá a su jefe de trabajo para servicios no muy mecanográficos.

La maledicencia es como un mundo oscuro que ve el mal donde no se encuentra, y se ciega para ver cualquier forma de bien. No entiende de valores, ni de heroísmo, ni se santidad. El murmurador salpica todo lo que pueda ser bueno a su alrededor para que el mundo se vista de tinieblas, egoísmos y bajezas. Nadie puede ser bueno para el murmurador, quizá porque el ladrón piensa que todos son de su condición...

El murmurador no puede ser un hombre feliz. Su lengua ponzoñera refleja una envidia profunda, un fracaso existencial, una amargura de quien no soporta ver a alguien que pueda vivir honestamente en su trabajo y en su familia.

La Escritura no puede ser más clara ante este pecado: "Pero si tenéis en vuestro corazón amarga envidia y espíritu de contienda, no os jactéis ni mintáis contra la verdad. Tal sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, natural, demoníaca.

Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad" (St 3, 14-16). San Agustín nos recuerda que la envidia es el "pecado diabólico por excelencia". San Gregorio Magno, por su parte, muestra la relación entre envidia y maledicencia: "De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad".

Nadie quisiera ser tan miserable. Todos podemos serlo un poco si acogemos y aceptamos esas semillas de muerte que va sembrando, aquí y allá, el murmurador con sus mentiras. No es fácil cortarle las alas, pero podemos, con un poco de prudencia y un mucho de valor, detener el daño de su lengua.

No divulgar ni una sola palabra de crítica a nadie si notamos que se trata de una simple suposición o conjetura. Dejar que el veneno quede ahí, sobre el suelo, ante nuestra indiferencia: no queremos ser cómplices de los que viven para denigrar a los demás.

El murmurador vive para despreciar y odiar. No sabe lo que es amar, ni ha entrado nunca en el Evangelio. Dios puede salvarlo de sus bajezas, si reconoce su pecado, confía en Dios y repara en público el daño que haya podido ocasionar con sus mentiras y sus insinuaciones maliciosas.

Nunca es tarde para el cambio. Siempre es tiempo para amar, para vencer el mal a fuerza de bien (Rm 12, 21). No es fácil, ciertamente, ofrecer amor y misericordia al que ha calumniado y ha quitado, con sus bajezas, con su lengua miserable y traicionera, la fama y el honor de otros, tal vez nuestra propia buena fama...

Pero sólo venceremos el mal de la envidia y la calumnia con la fuerza del perdón y de la misericordia. Entonces, sí, seremos de verdad cristianos, y no nos faltará la felicidad que nos promete Jesucristo: "Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros" (Mt 5,11-12).

Un amor de mentiras


Las drogas son un tema que nos incumbe a todos, en mi caso son muchos los conocidos que he visto caer bajo este flagelo que consume a la humanidad y que destruye, familias, hogares y vidas.
a mi email hace mucho tiempo llego una especie de poema o escrito , elaborado por Freddy Mercury , integrante de la banda inglesa queen , un joven con mucho talento que murió de sida por su vida llena de desordenes , y aunque no soy nadie para juzgar el comportamiento de otro ser humano , da mucha tristeza ver como vidas tan jóvenes se pierden y lo peor es que muchas mas van tras los pasos de las primeras porque son sus seguidores y quieren ser como ellos…
la reflexión de hoy será el pequeño poema escrito por Freddy mercury antes de morir , su nombre un loco amor.Cuando yo la conocí tenía 16 años.
Fuimos presentados en una fiesta, por un joven que se decía mi amigo.Fue amor a primera vista. Ella me enloquecía por completo.
Nuestro amor llegó a un punto, que ya no podía vivir sin ella.
Pero era un amor prohibido. Mis padres no la aceptaron Fui reprendido en la escuela y tuvimos que empezar a vernos a escondidas.hasta que no aguanté más, quedé loco por ella.
Yo la quería, pero no la tenía. Yo no podía permitir que me apartaran de ella.Yo la amaba: choqué el auto, rompí todo dentro de la casa y casi maté a mi hermana. Estaba loco, precisaba de ella.
Hoy tengo 39 años; estoy internado en un hospital, soy inútil y voy a morir abandonado por mis padres, amigos y por ella.
Su nombre ?
¡ Cocaína !
A ella le debo mi amor, mi vida, mi destrucción y mi muerte …
Freddy Mercury murió de sida a causa de una afección pulmonar relacionada con esta dolencia hasta ese entonces una enfermedad poco conocida, el 24 de noviembre de 1991.

Alimento para el Ego

En días pasados me encontré con un ex-empleado, que se gradúa pronto de Abogado, y me sorprendió gratamente al decirme que me lo debía a mi!Por supuesto que mi respuesta inmediata fue decir “De nada”, pero luego le pregunté de manera muy discreta el “por qué yo?” “Qué hice?”Pues me respondió que habiendo visto mi trabajo diario, y al saber que yo tenía dos carreras, pues él se dijo: ¿y por qué yo no?
Y a lo largo de mi vida profesional, me he conseguido a muchas personas, que de una u otra manera, tienen que agradecerme algo. Y por supuesto que les acepto el cumplido, pero inmediatamente pienso “por qué yo?”. No he hecho nada fuera de lo común para ayudar a algunos. Sólo he hecho mi trabajo y he sido como soy.Y a pesar que no puedo llevar esas palabras a la venta de autos para que me entreguen un carro nuevo, o usarlas para comprar una vivienda, pues es indudable que ello constituye alimento para el ego. Es parte del por qué se abraza el apostolado de la docencia. Es la retribución que recibimos a lo largo de nuestra vida.Nos sentimos mejor, nos sentimos apreciados, recordados, y admirados. Y les puedo decir que es una sensación espectacular!Normalmente soy humilde y modesto, pero el último cumplido me hizo escribir este post, para compartir mi gozo con ustedes, a riesgo de sonar precisamente ególatra y de que me vean pavoneando mis logros y éxitos.Seamos auténticos, cumplamos nuestras obligaciones con pasión y con cariño, ayudemos cuando podamos ayudar (y cuando no, los dirijimos a quienes si puedan ayudarle), y seguramente más de una persona querrá seguir nuestros pasos…

Cuando no hay alternativa.

—Está prohibido atravesar el desierto en esta época del año —manifestó seriamente el funcionario de Mauritania—. Ningún árabe se atrevería a hacerlo.
—Tiene usted razón —respondió el viajero—; pero nosotros somos seguidores de Cristo, y los cristianos somos locos.
Fue así como Michael Asher, escritor inglés, y María Antonietta, su esposa italiana, emprendieron el trayecto.
Viajaron ocho mil kilómetros a lomo de camello atravesando el desierto del Sahara, desde Mauritania hasta llegar al río Nilo. En su libro Dos contra el Sahara Michael Asher describe las tremendas dificultades del viaje. Ningún occidental se había atrevido a hacerlo antes. El espantoso desierto, con su increíble calor, transformó lo que comenzó siendo un evento arrobador, en una odisea desoladora. Pero realizaron el viaje. Cumplieron su cometido.
De las muchas experiencias que el autor acentúa en su libro, hay una que nos conviene considerar. He aquí sus palabras: «De dos personas que éramos en Mauritania, cuando llegamos al Nilo nos habíamos fundido en una sola.»
Muchas veces los golpes de infortunio separan a los matrimonios, pues hacen que el amor se enfríe, que surjan los reproches y que resalten las recriminaciones. Por eso hay tantas personas convencidas de que la escasez económica representa una amenaza contra el matrimonio.
¿Pero qué pasó en el caso de Michael y María Antonietta? Sufrieron adversidades indecibles. Las angustias de esos meses de incertidumbre tenían que haber extinguido totalmente el amor, pero no fue así. Sucedió lo contrario, como dicen ellos: «El espantoso desierto nos fundió en una sola persona.»
¿Qué circunstancia había en el desierto que no hay en las situaciones normales de nuestra vida? La realidad innegable de que no había alternativa. Solos en el desierto, no tenían a quién acudir. Sólo había dos personas, y en su aflicción tenían que encontrar su afecto el uno en el otro.
En cambio, muchos de nosotros sí nos permitimos una alternativa. Si el matrimonio no nos sale bien, nos divorciamos porque tenemos esa alternativa. En eso consiste el fracaso de muchos matrimonios.
No admitamos alternativa. Cuando determinamos que nuestro matrimonio será «hasta que la muerte nos separe», con eso establecemos su solidez. Cristo en nuestro hogar producirá ese ambiente. Si le pedimos a Él que sea el Señor de nuestra vida, lo será también de nuestro matrimonio, asegurando su permanencia. En ese feliz estado no hay alternativa que valga.
Hermano Pablo.

Justicia humana.

Ana Perrin se dirigió a la cocina. Buscó un cuchillo grande, pero no lo encontró. Buscó una escoba o un palo de amasar; tampoco los encontró. Entonces se fijó en la olla. Estaba llena de agua, y el agua hervía a borbotones.
Ana, de treinta y siete años, de Exeter, Inglaterra, agarró la olla con las dos manos y de pronto la vació toda sobre los pantalones de Lee Roberts, su huésped de diecinueve años. ¿La razón del hecho? El joven había cometido abusos deshonestos con una hijita de la mujer. La hijita tenía cinco años.
«Lo que esta mujer hizo —dijo el juez Jonatán Clarke— es justicia humana a secas. Pero de todos modos, debo condenarla a dos años de cárcel.»
Amigo, muchas veces se producen casos como éste. Una madre, cuya hijita ha sido víctima de violación por parte de un vil delincuente, hace justicia con su propia mano. Arroja agua hirviente sobre la parte del cuerpo del hombre que ella considera más responsable.
Pero aún hay algo peor que eso , ¡Cuántas veces cuando nos damos el lujo de ejercer el rol de JUECES, de INQUISIDORES; CARNE DE PECADO… ¡CONDENANDO A CARNE DE PECADO!; PALADINES DE NUESTRA PROPIA JUSTICIA (la cual es como trapos de inmundicia ante la Suprema Santidad del Único y Verdadero Juez de todos los seres creados), habremos hecho afrenta del Santo Nombre de Dios…!
Hay casos en los cuales el pueblo sabe hacer justicia. Pero las leyes humanas actuales, las que se usan en el ejercicio de la actual jurisprudencia, NO permiten actos de condena ni mucho menos de ajusticiamiento popular (por parte de muchos, o unos cuantos…). Si las leyes humanas se reservan ese derecho, ¡Cuanto más las LEYES DIVINAS, que verdaderamente SI tienen su razón!”.
No importa quién tenga el derecho de administrar el juicio —si los gobiernos, los jurados, los jueces, los grupos, o si la persona ofendida—, sino que tarde o temprano ese castigo, llega. La sabia ley divina que dice: “Cada uno cosecha lo que siembra” (Gálatas 6:7) se cumple de modo inexorable. El mal que hacemos a otra persona nos perseguirá toda la vida.
Todo lo que hacemos, decimos, tramamos, maquinamos, e incluso cuando sólo lo deseamos o pensamos en contra de otra persona (la cual es la imagen y semejanza del mismísimo Dios Viviente, pues es la obra creadora de sus manos), se nos revertirá ineludiblemente con la contundente e implacable, pero justa disciplina de Dios, pues como El mismo lo dice en su palabra: “Mía es la venganza; yo pagaré…” (Heb 10 : 30)
Sin embargo, como todos hemos cometido nuestras propias fechorías, ¿quién entonces podrá vivir en paz?
He aquí el misterio de la gracia de Dios. Él, Dios, mediante nuestro arrepentimiento, no sólo nos perdona sino que también transforma nuestro corazón. Vemos aún a nuestros enemigos con corazón arrepentido, con perdón y con amor, y lo primero que queremos hacer es estar en armonía con aquellos a quienes hemos ofendido. Esta es una experiencia inexplicable pero cierta, y nos puede ocurrir a nosotros. Amigo, como hermano en Cristo le extiendo esta petición, Entreguemos nuestra vida a Jesucristo hoy mismo y vivamos en la paz que Él quiere darnos.

Veremos lo que trae el tiempo.

Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo.
Un día el hijo le dijo: Padre, que desgracia! Se nos ha ido el caballo. ¿Por que le llamas desgracia? Respondió el padre, veremos lo que trae el tiempo…

A los pocos días el caballo regreso, acompañado de otro caballo. ¡Padre, que suerte! exclamó esta vez el muchacho. Nuestro caballo ha traído otro caballo. -¿Por que le llamas suerte? – repuso el padre – Veamos que nos trae el tiempo.

En unos cuantos días mas, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y este, no acostumbrado al jinete, se encabrito y lo arrojo al suelo. El muchacho se quebró una pierna. -¡Padre, que desgracia! – exclamo ahora el muchacho -. ¡Me he quebrado la pierna! Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentencio: – ¿Por que le llamas desgracia? ¡Veamos lo que trae el tiempo!

El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, sino que gimoteaba en su cama. Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.

El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno.

Lo mejor es esperar, pero sobre todo confiar en DIOS, porque todo sucede con un propósito positivo para nuestras vidas de acuerdo a su plan infinito….. ¡Gloria a Dios!!!

La ira ya se secó.

Mariana se puso toda feliz por haber ganado de regalo un juego de té de color azul.Al día siguiente, Julia, su amiguita, vino bien temprano a invitarla a jugar, Mariana no podía pues saldría con su madre aquella mañana.
Julia entonces pidió a Mariana que le prestara su juego de té para que ella pudiera jugar sola en el jardín del edificio en que vivían.Ella no quería prestar su flamante regalo pero ante la insistencia de la amiga decidió, hacer hincapié en el cuidado de aquel juguete tan especial.
Al volver del paseo, Mariana se quedó pasmada al ver su juego de té tirado al suelo. Faltaban algunas tazas y la bandeja estaba rota. Llorando y muy molesta Mariana se desahogó con su mamá ¿ves mamá lo que hizo Julia conmigo? Le presté mi juguete y ella lo descuidó todo y lo dejó tirado en el suelo.
Totalmente descontrolada Mariana quería ir a la casa de Julia a pedir explicaciones, pero su madre cariñosamente le dijo: Hijita, ¿te acuerdas de aquel día cuando saliste con tu vestido nuevo todo blanco y un coche que pasaba te salpicó de lodo tu ropa? Al llegar a casa querías lavar inmediatamente el vestido pero tu abuelita no te dejó ¿Recuerdas lo que dijo tu abuela?Ella dijo que había que dejar que el barro se secara, porque después sería más fácil de quitar.Así es hijita, con la ira es lo mismo, deja la ira secarse primero, después es mucho más fácil resolver todo.
Mariana no entendía todo muy bien, pero decidió seguir el consejo de su madre y fue a ver el televisor. Un rato después sonó el timbre de la puerta.Era Julia, con una caja en las manos y sin más preámbulo ella dijo: Mariana, ¿recuerdas al niño malcriado de la otra calle, el que a menudo nos molesta?.
Él vino para jugar conmigo y no lo dejé porque creí que no cuidaría tu juego de té pero el se enojó y destruyó el regalo que me habías prestado. Cuando le conté a mi madre ella preocupada me llevó a comprar otro igualito, para ti. ¡Espero que no estés enojada conmigo. No fue mi culpa!¡No hay problema!, dijo Mariana, ¡mi ira ya secó!. Y dando un fuerte abrazo en su amiga, la tomó de la mano y la llevó a su cuarto para contarle la historia del vestido nuevo que se había ensuciado de lodo.
Nunca reacciones mientras sientas ira. La ira nos ciega e impide que veamos las cosas como ellas realmente son. Así evitarás cometer injusticias y ganarás el respeto de los demás por tu posición ponderada y correcta delante de una situación difícil.
“Airaos, pero no pequeis, no se ponga el sol sobre vuestro enojo, Ni deis lugar al diablo.” Efesios 4:26

Calumnias

Había una vez un hombre que calumnió grandemente a un amigo suyo, y todo por la envidia que le tuvo al ver el éxito que este había alcanzado.
Tiempo después se arrepintió de la ruina que trajo con sus calumnias a ese amigo, y visitó a un hombre muy sabio a quien le dijo:
"Quiero arreglar todo lo que hice, ¿como puedo hacerlo?", a lo que el sabio respondió:
"Toma un saco lleno de plumas ligeras y pequeñas y suéltalas donde quiera que vallas".
El hombre muy contento por aquello tan fácil tomó el saco lleno de plumas y en el cabo de un día las había soltado todas. Volvió donde el sabio y le dijo:
"Ya he terminado", entonces el sabio contesto:
"Esa era la parte fácil... ahora debes volver a llenar el saco con esas mismas plumas que soltaste, sal a la calle y búscalas".
El hombre se sintió muy triste pues sabía lo que eso significaba, y no pudo juntar casi ninguna. Al volver el hombre sabio le dijo:
"Así como no pudiste juntar de nuevo las plumas que volaron con el viento, así mismo el mal que hiciste voló de boca en boca y el daño ya esta hecho.
Lo único que puedes hacer ahora es perdirle perdón a tu amigo, pues no hay forma de revertir lo que hiciste".

La Venganza. Ojo Por Ojo… ¿O No?

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?” (Mateo 5:44, 46, 47)
Preguntaron al General Robert Lee qué él decía de otro general del Ejército Confederado que había hecho consideraciones despectivas sobre él. Lee lo evaluó como un oficial de grandes cualidades. La persona que hizo la pregunta parecía perpleja. “General”, él dijo, “yo supongo que no sabe lo que él ha hablado a su respeto”. “Yo sé”, Lee contestó. “Pero usted pidió mi opinión sobre él y no la opinión de él sobre mí.”

En nuestra relación con los otros, frecuentemente lo que llamamos a amor no pasa de un poco más de lo que una transacción o un negocio. Las personas nos tratan con cariño y amabilidad y nosotros retribuimos de la misma forma.

Cuando nos tratan injustamente, contestamos negativamente como hallamos que ellos merecen. Todo es normal, justo, ojo por ojo y diente por diente. Pero el amor cristiano jamás se conforma con lo que es racional. Insiste en ofrecer misericordia así como justicia. Quiebra la cadena de reacciones lógicas.

La casa del justo sufre las mismas tempestades que la casa de los impíos. Pero la diferencia es que una es construida sobre la roca y a otra sobre la arena. Cuando nosotros estamos firmados en la roca — Jesucristo, necesitamos mostrar las cualidades de alguien que no puede ser comparado con aquéllos que están confiando en la seguridad del mundo, o sea, ninguna.

La venganza, el “pagar con la misma moneda”, son actitudes mezquinas características de aquéllos que no experimentaron el verdadero amor de Dios.Cuándo eso acontece, aprendemos a continuación las enseñanzas de nuestro Maestro y su brillo no puede ser ofuscado por intereses menores y vanidosos.

El amor todo vence… hasta nuestro yo.


"En el mundo ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo..."
Juan 16:33

Del sufrimiento puede brotar el odio o el amor. El sufrimiento puede fácilmente desencadenar el odio. Y esto es peligroso porque el odio nos vuelve rehenes del rencor y de la venganza. El sufrimiento debe conducirnos a ser más solidarios, más tolerantes, mas justos.
Jesús nos enseña a vivir la paz en nuestros corazones y en nuestras mentes, a despojarnos de pensamientos de venganza y de odio, nos llama a la reconciliación...

Jesús nos enseña a practicar la justicia, a veces esto es difícil, pero es la única base firme, segura, bíblica, de una paz estable y duradera, que es la paz de Jesús.

..."Enséñame que perdonar es lo más grande del fuerte y que la venganza es la señal del débil." Mahatma Gandhi.

Secretos


“No tengo nada que esconder”, decía con frecuencia un viejo y querido amigo. A veces yo mismo lo he dicho. Pero… concretamente ¿a qué nos estamos refiriendo cuando emitimos semejante declaración?
“Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.”
(Génesis 3:7 RV60)
Un breve examen de conciencia delante de Dios, ni muy profundo, ni muy exhaustivo, por cierto; me revela a las claras que, al menos lo mío, debe ser no un simple delantal como el de Adán y Eva, sino ¡todo un “Armani” íntegramente realizado en hojas de higuera!
Si alguien nos llamara “hipócritas”, las reacciones serían de lo más variadas, dependiendo de cada persona y de su estado de ánimo. Pero sin lugar a dudas existirían unos cuantos denominadores comunes: malestar, incomodidad, tal vez enojo…
Existe una clase de hipocresía que genera rechazo, que como seres humanos a veces ejercemos pero nos cuesta mucho perdonar. Es esa falsedad conciente, la que deliberada y premeditadamente, esconde, tergiversa, confunde, miente o muestra solo una parte de la verdad. Fingir lo que realmente no se es o no se siente. A los cristianos no nos gusta hablar de esto.
Sin embargo, hay otro tipo de simulación totalmente inconciente, que no planeamos ni remotamente premeditamos. Una especie de “mecanismo de defensa” que tiende a encubrir nuestro verdadero ser, de la mirada, de la observación, del alcance de los demás. Una forma, en un amplio sentido de la expresión, de “vestir” nuestra más íntima desnudez, la del alma.
Así como cubrimos nuestro cuerpo físico con ropas y prestamos más atención aún en poner a cubierto aquellas partes íntimas cuya exposición nos causa pudor; de igual manera, ese mismo mecanismo inconsciente nos lleva a taparnos, a escondernos, a cubrir lo más íntimo de nuestro ser de la mirada de los demás. Un mecanismo que es responsable y generador de una inmensa cantidad de conductas y actitudes con las que nos manejamos e interactuamos a diario con los demás… e inclusive con nosotros mismos. Este “medio de defensa” es parte de todos los seres humanos, sin importar si sean creyentes o no. Puede transformarse en un serio tropiezo cuando trasciende los límites de lo “normal” y se adentra en las tinieblas de lo patológico, llevando a muchos a vivir lo que no se es, a encerrarse en sí mismos, a ignorar, a negar, a rechazar, a enajenarse de su propia realidad existencial.
“Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.”
(Génesis 3:10 RV60)
No le dice Adán al Señor: “sentí vergüenza, pudor”. “Tuve miedo” es lo que le expresó, que es bien distinto.
Esa “moda” creada por Adán, nunca pasó de moda. En la actualidad, aún continuamos usando hojas de higuera. El móvil es exactamente el mismo: la exposición al desnudo de nuestro ser. Tal como Adán lo hizo después de su caída, hoy todavía intentamos ocultarnos de nuestros semejantes y de la mismísima mirada de Dios, QUE TODO LO VE.
Cada vez que reflexiono en esto, siento el pudor, la vergüenza, inclusive el miedo, de revelar ante los demás “esos” recónditos pensamientos de los cuales no deseo hablar. “Esos” sentimientos que súbitamente pasan por el corazón y alborotan la paz del alma. Seguramente si mi alma fuera expuesta al desnudo delante de la mirada de los demás, sentiría mucho miedo, como Adán.
Nadie, absolutamente nadie, puede afirmar a conciencia, que “no tiene nada que ocultar”. Pero, amad@: si sientes temor, vergüenza, pudor, a causa de la desnudez de tu alma delante de Dios… ¡Eso es lo mejor que te puede pasar! Toda vez que el perdón del Señor absuelve y la Gracia de Dios restaura.
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”
(1 Juan 1:8-9 RV60)
Autor: Luis Caccia Guerra

La Ruta del Orgullo


"Ya habéis oído decir que el mayor negocio del mundo sería comprar a los hombres por lo que realmente valen, y venderlos por lo que creen que valen. Es difícil la sinceridad. La soberbia violenta, la memoria la oscurece: el hecho se esfuma, o se embellece, y se encuentra una justificación para cubrir de bondad el mal cometido, que no se está dispuesto a rectificar; se acumulan argumentos, razones, que van ahogando la voz de la conciencia, cada vez más débil, más confusa." San Josemaría Escrivá, 24-III-1931. Existe un camino que no es, ciertarmente, el de la salvación, ni el de la felicidad, y por el cual –ello no obstante– solemos adentrarnos los hombres con gran facilidad. Es la ruta del orgullo. Déjame pues, amigo mío, que a propósito de ella, te confíe algún pensamiento y alguna reflexión, de modo que aprendamos juntos a reconocerla desde el primer instante y a evitarla siempre. La ruta del orgullo tiene un principio bastante triste, porque comienza con la negación de Dios en nuestras almas y en nuestras vidas. Alguien ha hecho notar, a este respecto, con gran agudeza, que el ateo y el orgulloso tienen muchos puntos en común. El ateo, en efeeto, se niega a admitir la existencia de Dios al través de la prueba de la creación y de las criaturas; no ve a Dios nuestro Señor en lo creado. Y el orgulloso se niega a reconocer a Dios en su alma y en su vida: no vislumbra a Dios nuestro Señor en los dones de la naturaleza y de gracia que enriquecen su personalidad y fructifican en su vida. Satisfecho de sí mismo El orgullo, en realidad, no es más que una estimación desordenada de las cualidades propias y de los propios talentos. No es más que la idea desmesurada y desordenada que nos hemos formado de nosotros mismos. Cultivamos voluntariamente y con una especie de interior circunspección este alto concepto de nuestro propio ser, y no admitimos ninguna sombra, por pequeña que sea, ni referencia alguna a otras personas y no soportamos ningún reproche o corrección. Atribuimos a nosotros mismos –olvidándonos por completo de Dios nuestro Señor– todo lo que somos y todo lo que valemos. Y al obrar así, excluimos a Dios y a los demás de nuestra vida: tan sólo yo importo, dice obstinadamente el orgulloso, contemplándose complacido y meciéndose con presunción a sí mismo. En las almas que siguen la ruta del orgullo, no encuentran eco alguno aquellas paabras de San Pablo: Quid habes, quod non accepist?, ¿qué tienes de tuyo que no hayas recibido? Y ni siquiera se rinden estas almas ante aquellas otras palabras, que completan el razonamiento del Apóstol: Quid gloriaris quasi non acceperis?, ¿por qué te jactas, como si no hubieses recibido todo lo que posees? Complicados y estrechos Si existe un camino que haga complicadas a las almas, éste es la ruta del orgullo. La ruta del orgullo es un laberinto en el que las almas se desorientan y se pierden. El orgullo destruye la simplicidad de las almas, aquel ser y aparecer sin pliegues –sine plicis– que es una encantadora característica de las personas humildes. ¡Cuántos pliegues se forman, por el contrario, en el alma contaminada por el orgullo! Este pecado capital, en efecto, induce –cada vez más avasalladoramente– a replegarse de continuo sobre sí mismo: a volver infinitas veces y a demorarse con el pensamiento sobre los propios talentos, sobre las propias virtudes, sobre los propios éxitos y sobre aquella cierta ocasión o circunstancia en la que se triunfó. Y esto es el mundo, vacío y mezquino, de la vana complacencia. Falta de gratitud Del mundo interior se pasa al mundo exterior: la ruta del orgullo continúa su progresión implacable. Todo aquello que estas personas han construido dentro de sí, desean ahora edificarlo a su alrededor. Y aunque el Señor dijo: Gloria mea alteri non dabo, no daré mi gloria a otros, el alma orgullosa responde a ese mandato divino apropiándose, posesionándose, de dicha gloria. Esta desgraciada ruta jamás puede pasar por el Señor. Nada ni nadie podrá hacer decir a las almas que han tomado este camino: Gratia Dei sum id quod sum, sólo por gracia divina soy lo que soy. Su mirada y su pensamiento jamás se levantarán, por encima de sus propias cualidades y de sus propios éxitos, hasta Dios nuestro Señor, para darle gracias por su bondad. La mirada y el pensamiento de estas almas se demora siempre a ras de tierra. La ruta del orgullo empieza con la exclusión de Dios y con el repliegue sobre uno mismo. Autosuficientes El horizonte del orgulloso es terriblemente limitado: se agota en él mismo. El orgulloso no logra mirar más allá de su persona, de sus cualidades, de sus virtudes, de su talento. El suyo es un horizonte sin Dios. Y en este panorama tan mezquino ni siquiera aparecen los demás: no hay sitio para ellos. El alma que sigue esta ruta, por el elevado concepto que se ha forjado de sí misma, nunca pide consejo a nadie y de nadie acepta nunca consejos. Se basta a sí misma. Vive aferrada al propio juicio y a la propia voluntad hasta la tozudez, e ignora voluntariamente, hasta el desprecio, cualquier opinión o convicción que no sea la suya. Está por encima de todos El desprecio por el prójimo es, por tanto, una actitud frecuente, y a menudo habitual, en las personas que siguen esta ruta. Se han convertido íntimamente en fariseos y consideran a los demás como publicanos, reproduciendo continuamente en sus vidas la escena y las actitudes de la parábola evangélica: Gratias ago Tibi, quia non sum sicut ceteri hominum, gracias te doy porque no soy como los demás hombres. Los demás existen sólo como término de parangón, para que el orgulloso pueda exaltarse mientras los desprecia. Las personas que van por este camino no soportan que haya nadie superior a ellas. Esta es una posibilidad que no puede verificarse, ni siquiera en el mundo de las hipótesis. Los demás no pueden tener más función que la de exaltar a estas personas: deben estar por debajo de ellas. Los defectos de los demás deben servir para poner en evidencia y para subrayar sus propias virtudes. Los errores de los demás deben servir para poner de relieve su sabiduría y destreza; y la escasa inteligencia ajena, para hacer resplandecer su gran valía. Y aquí está la raíz de las envidias, de los celos y ansiedades que acompañan la vida de todos aquellos que siguen la ruta del orgullo. De la envidia a la hipocresía Pero este desgraciado camino no acaba aquí. De la envidia se pasa a la enemistad. ¡Y cuántas no son las enemistades que tienen su origen –¡extraño origen!– en la envidia! Personas hay que se ven despreciadas, odiadas y combatidas sólo porque son mejores o más ínteligentes que sus perseguidores. Se han hecho culpables del gran delito de ser buenas o inteligentes, o de haber trabajado mucho. Y este delito se combate y se castiga –en la ruta de orgullo– con la frialdad, la enemistad, el silencio y la calumnia. No perder el puesto, no ceder las armas: quien se encamina por esta dirección suele recurrir a la ficción y a la hipocresía. Simula lo que no es, exagera lo que posee. Todo es lícito, todo es bueno, en este maldito camino, a condición de que uno sea el primero y el mejor ante uno mismo y en la estimación de los demás. Humildad de María Para mantenernos siempre lejanos de este camino, y para salir fuera de él si por el nos hubiéramos adentrado, pidamos a la Virgen –Maestra de la humildad– que nos haga comprender que initium omnis peccati est superbia, que el principio de todo pecado es el orgullo.

Milagro en medio del desastre


Un tornado había devastado el condado de Will en Illinois, Estados Unidos. El panorama era desolador. Una familia lloraba desconsolada porque el tornado había arrasado su casa, sus vehículos y también a su bebé de tres meses. Sin embargo, en medio del desastre se produjo un milagro. Alguien había reportado a la policía el hallazgo de un bebe en medio de un campo. La esperanza comenzó a renacer en esta familia desesperada. Aquel bebe era efectivamente su hijo de 3 meses. El niño estaba sano y salvo, sin ningún rasguño. Un reportero, le preguntó a aquel padre si estaba enojado por haber perdido todas sus posesiones. El hombre respondió: "¡No, al contrario, estoy muy agradecido a Dios por el milagro de recuperar a nuestro bebe y porque toda nuestra familia está a salvo!" A veces no nos damos cuenta que el bien más valioso que poseemos es nuestra vida y nuestra familia. Muchas veces pasamos la mayoría de nuestro tiempo tratando de adquirir cosas y sin embargo descuidamos nuestra propia salud y la relación con nuestra familia. Nos preocupamos demasiado por el auto, la casa, los muebles, la ropa y otras cosas de la vida moderna. Pero, cuando la vida se reduce a lo esencial, como sucedió en el tornado de Illinois, recordamos que la vida es razón suficiente para alabar a Dios. Jesús dijo en Mateo 6:25 "No os afanéis por lo que habéis de comer o beber; tampoco por lo que habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?"